“Las heridas emocionales de la infancia vaticinan en gran parte de los casos cómo será nuestra calidad de vida cuando seamos adultos. Son como lesiones psíquicas, como fragmentos sueltos y mal curados que nos impiden llevar una existencia plena e incluso afrontar los pequeños problemas del día a día con mayor soltura y resistencia.”
Raquel Aldana
¿Podrías identificar cuáles son tus conflictos actuales? ¿Cuáles problemas sueles tener en tu relación de pareja, amistades, familiares? Todo conflicto va conectado con una expectativa no cumplida, que en la mayoría de las ocasiones viene conectada con una necesidad que no fue cubierta o con una herida vivida en la infancia que se estableció y se acomodó como una cicatriz. Crecemos y nos hacemos adultos, y “nos mentalizamos” que eso que vivimos nos sirvió para algo o que ya lo enterramos. Pero muchas veces el no identificar y reconocer esas heridas, nos impide hacemos cargo de las heridas que cargamos, (y eso al no integrarlas en la adultez), las hace latentes.
Es difícil abrir los complejos y las heridas, nunca es bonito y cómodo recordar momentos dolorosos. Regresar y abrir esas heridas nos produce sentimientos incómodos y no queremos quitar esa máscara que nos pusimos de niños para no sufrir, porque esa máscara en su momento funcionó para evadir el dolor. Pero éstas máscaras que hoy en la adultez se manifiestan, indican que hay un trabajo pendiente por sanar. Cuando no se sanan las heridas de la infancia, reproducimos tareas inconclusas. No tenemos cómo recibir lo que no está bien en nosotros, y vivimos desde un niño-adulto, buscando llenar esas carencias o expectativas; buscando encontrar a alguien o algo que llene ese vacío o hueco… buscando encontrar respuestas.
Anamar Orihuela, en su libro “Transforma las heridas de la infancia” afirma, que si no somos capaces de sanar nuestras heridas, ese verdadero yo nunca tendrá la oportunidad de ser y expresarse: nunca podrás conocerte de verdad. Cuando eliminas corazas, anulas compulsiones por controlar: ser perfecto, evadirte, victimizarte; observas que son sólo máscaras que te permitieron sobrevivir, pero siempre hay una oportunidad de vivir sin el sobreviviente interno, sino desde el verdadero yo.
Eso le da un matiz y un color muy diferente a tu vida y a tus relaciones.
La clave es reconocer, mirar, llegar a una conciencia sanadora en la que como adulto puedas integrar esa parte. La infancia no es un destino; el dolor es un motor de cambio y como diría Buda, un vehículo de conciencia…
Verónica Fuentes, mi hermana del alma y una terapeuta maravillosa, me dijo una vez y se quedó tatuado en mi… “En la mayoría de las ocasiones, con mirar el conflicto y reconocerlo, ya estamos sanando una gran parte.” Así que la clave para avanzar y apapachar esas cicatrices sería darles voz no para quedarnos en la herida, pero sí para integrarla.
¿Cómo saber si vivo desde mis heridas?
Cuando se vive desde el niño herido, solemos sentirnos enojados, envidiosos, celosos, rencorosos, etc.… y en cambio, cuando nos vivimos desde el adulto, nuestras reacciones son más compasivas, no infantiles ni tóxicas.
A continuación te menciono 5 heridas de la infancia que te impiden ser auténtico de adulto…
1. Herida de rechazo. En mi infancia: no me aceptaron tal como era.
2. Herida de abandono. En mi infancia: tuve padres ausentes emocional o físicamente.
3. Herida de humillación. En mi infancia: me ridiculizaron y se avergonzaron de mí.
4. Herida de traición. En mi infancia: no cumplieron lo que me prometieron.
5. Herida de injusticia. En mi infancia: fueron fríos y autoritarios conmigo.
Muchas veces no es lo que sucedió, sino cómo me viví en ese momento. Así me percibí, así me construí una historia. La clave es identificar, para sanar, poder integrar esa parte de mi, y reconocer de qué manera yo puedo maternar, paternar o nutrir esa carencia.
El reconocer lo que nos impide relacionarnos en paz y ser felices, nos conecta con eso que está pendiente por sanar. Todos absolutamente todos, sufrimos alguna herida, no necesariamente fue en el hogar, pudo haber sido en el colegio o en algún grupo social. Reconocer las heridas que tenemos nos permite desarrollarnos como personas, pues al comenzar a sanarlas, contribuimos a nuestro bienestar y el de los que nos rodean.
Pablo Neruda decía que hay heridas que en vez de abrirnos la piel, nos abren los ojos. Y las heridas también se cierran y se sanan cuando abrimos los ojos. Cada persona es dueña de su historia y sólo cada quién sabemos cuánto nos pesan y duelen las heridas, pero está en cada uno reconocerlas, integrarlas y sanarlas para poder avanzar.
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