Queridas personas lectoras que desde hace más de un año se toman el tiempo, cada lunes, de leer las reflexiones que comparto en este espacio, se habrán dado cuenta de que aquí no solo hablamos de justicia, derecho o derechos humanos. O, mejor dicho, no hablamos de ellos según un enfoque clásico, pensado solamente en las normas jurídicas.
Siempre he tenido la convicción de que los protagonistas de cualquier ciencia (ya sea medicina, ingeniería, matemáticas, e incluso la ciencia jurídica) somos nosotros, los seres humanos. Nosotros, no solamente con nuestro cuerpo físico, sino que más bien, con nuestras emociones y sentimientos. Emociones y sentimientos que son los que al final nos guían en nuestro actuar cotidiano.
En la actualidad, estamos viviendo un momento de hipertrofia (o quizás esquizofrenia) normativa y de gran desgaste del derecho. Por un lado, hay un sinnúmero de normas jurídicas en todos los niveles: internacional, federal, estatal, regional, local y municipal. Prácticamente, cualquier aspecto de nuestra vida está reglamentado por normas. Por el otro lado, existen muchas cosas, demasiadas, que no funcionan, y las queremos resolver con recursos, demandas, amparos, etc. (para evitar ir directo al corazón del problema). El derecho está completamente desgastado.
Los juristas nos dedicamos a estudiar, interpretar y aplicar esas normas como si fueran recetas de cocina. Los más hábiles hacen interpretaciones más creativas (no necesariamente en un sentido más favorable a las personas, con que gane la persona que estamos asistiendo es más que suficiente). Los menos creativos se limitan a aplicar literalmente lo que dice la norma.
Quizás podrá haber juristas (litigantes, notarios, jueces, etc.) que, en lugar de moverse por el mundo de las reglas para hacer negocios, sean guiados por valores más altos, como el de la justicia. Pero también es cierto que cada uno de nosotros concibe este valor de justicia de manera distinta. Lo que puede ser justo para mí quizás no lo será para otra persona.
Pero, lo que seguramente no se enseña en ningún curso de derecho y no se dice en ningún libro es que lo que se encuentra detrás de cada norma y de cada litigio son personas. Personas que son víctimas y personas que son responsables. Pero detrás de cada postura jurídica que coloque a las personas en una posición de tener la razón o no, hay seres humanos, con su historia, su formación y especialmente sus heridas. A nadie le interesa este punto.
Y este es un gran error. No puede haber una verdadera justicia si no se toman en cuenta los estados emocionales de las personas. No podemos ignorarlos y no es cierto que no tienen ningún valor. Este no es seguramente el espacio para estar discutiendo cuál es el concepto de justicia. Es una discusión que se la dejamos a los filósofos. Creo que podemos coincidir en un concepto que tenga algunos elementos mínimos como que se trata de una virtud orientada al logro de un bien común.
Una sociedad justa es igualitaria y se preocupa por el bienestar colectivo. Y ese bienestar al que tanto anhelamos no se consigue a golpes de leyes ni de sentencias. Leyes y sentencias son seguramente necesarias para dar directrices de comportamiento a las personas respectivamente antes para evitar rupturas del orden jurídico y después, cuando alguna regla haya sido ya violada.
Pero las sociedades justas se construyen invirtiendo en la igualdad, solidaridad, tolerancia y respeto hacia los demás. En una palabra: hay que invertir en la felicidad de las personas que integran nuestras sociedades, en la construcción de su paz interior y la salud mental. Esta es la mejor medicina preventiva para revertir el desgaste del derecho y para que el derecho sea el último recurso. Y quizás, para llegar a esto, hay que ir formando más “juristas de las emociones”.
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