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Si el T-MEC no termina, ¿por qué México actúa como si estuviera en riesgo?

Por JC Mena Suárez

Hace 4 meses

El 1 de julio vuelve a colocarse sobre la mesa una pregunta que inquieta a empresarios, inversionistas y trabajadores: ¿se acaba o no el T-MEC? La sola posibilidad genera incertidumbre, aunque los hechos económicos sugieren que el escenario más probable no es su desaparición, sino una renegociación compleja.

Cuando entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en 1994, México era un país distinto. La frontera funcionaba como un gran corredor comercial donde miles de personas cruzaban mercancías, ropa, electrónicos y productos de consumo que encontraban mercado en ciudades como Saltillo. Al mismo tiempo, comenzaron a consolidarse cadenas industriales que transformaron la economía nacional.

Tres décadas después, la integración es mucho más profunda. México exporta más de 600 mil millones de dólares al año y cerca de 80% de esas ventas tiene como destino Estados Unidos, según cifras de la Secretaría de Economía y del Inegi. La industria automotriz, la manufactura avanzada y la producción de autopartes operan bajo cadenas de suministro que cruzan la frontera varias veces antes de que un producto llegue al consumidor final.

Por eso, pensar que la cancelación del T-MEC provocaría simplemente un regreso al pasado resulta poco realista. El comercio seguiría existiendo, pero bajo reglas distintas, con mayores costos, más incertidumbre y menor competitividad frente a regiones como Asia. Los principales beneficiarios podrían ser precisamente los competidores externos, que buscan ocupar espacios en los mercados norteamericanos.

La revisión del Tratado tampoco responde únicamente a razones comerciales. Estados Unidos busca redefinir temas laborales, energéticos, tecnológicos y de contenido regional. La discusión ya no se centra en abrir mercados, sino en controlar sectores estratégicos y asegurar cadenas productivas dentro de Norteamérica.

Existe, sin embargo, una visión opuesta. Algunas especialistas sostienen que la dependencia mexicana del mercado estadunidense es excesiva y que una renegociación agresiva podría obligar al país a diversificar exportaciones y fortalecer su mercado interno. El argumento tiene fundamento, aunque construir alternativas comerciales de esa magnitud requiere años, no meses.

La pregunta correcta no es si el T-MEC terminará. La pregunta es qué tan preparado está México para negociar el siguiente capítulo de su integración económica. La historia demuestra que los tratados cambian, evolucionan y se actualizan. Lo que difícilmente desaparece es la necesidad mutua de hacer negocios entre las tres economías más importantes de Norteamérica.

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