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Suficiente

Por Columnista Invitado

Hace 3 meses

Por: Alma Delia Murillo

Una forma de sobrevivir es no pelear cuando sabes que vas a perder, que lo mejor es dejar que te rompan, que la estampida de la agresión pase por encima de ti y luego levantarte como puedas. La guerra no tiene sentido pelearla cuando entiendes que gane el bando que gane, tú perteneces al que siempre pierde, como Helena. Daba igual si aqueos o troyanos ganaban ese delirio bélico, ella perdió por ser mujer y botín revestido de belleza, de una historia de amor útil para perpetuar la pelea. ¿Qué es lo que importa entonces cuando perder la batalla está asegurado?, ¿resistir, reparar, reconstruir, evitar una nueva guerra? Me pregunto todo eso mientras escucho a “A”, que accedió a contarme su testimonio de hostigamiento sexual por parte de Pedro Salmerón.

“A” tenía 19 años, Pedro era 24 años mayor. Todo empezó con un intercambio de mensajes de Twitter, ella, estudiante, manifestó su admiración tras haber leído uno de los libros donde el historiador aborda el movimiento revolucionario villista. Luego de ese primer contacto, él solicitó hacerse amigo de “A” en Facebook, ella aceptó. Y pronto esos mensajes de interés académico derivaron en un hostigamiento constante: “me escribía todo el día, a todas horas”, me cuenta “A”, “luego empezó a mandarme canciones de amor aunque yo ya no respondía”, finalmente, Pedro comenzó a presionar para que tuvieran un encuentro con pretexto de entregarle un ejemplar de su libro, “quiero besarte”, escribió en el último mensaje que ella leyó pues canceló su cuenta temporalmente y bloqueó el contacto. “A” había vivido una experiencia similar con Alejandro Villagómez, entonces profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas, quien llegó a mandarle fotografías de su pene; en el caso de Villagómez, la conducta reiterada del envío de ese tipo de imágenes a los alumnos, provocó su despido del CIDE.

Hasta que una tarde, ¿fue casualidad o premeditado?, “A” visitó la Cineteca Nacional, iba sola, se sentó en lo alto de la sala y, un par de filas abajo, descubrió que estaba Pedro Salmerón volteando a mirarla insistentemente.

En esta parte del relato, elabora: “sé que no es para tanto, que no es grave, me han pasado mil cosas, de los abusos que he vivido, este es el menor”. La interrumpo, quiero decirle que siempre es grave, que reflexionemos por qué tendemos a minimizar o a disculpar a los acosadores.

“Creo que mi historia no es suficiente”, dice.

Me duele esa frase porque sé todo lo que entraña. Y le duele también a ella, que rompe a llorar.

“Recuerdo el miedo que tuve en la Cineteca, él no dejaba de mirarme, finalmente abandoné la sala, me sentía vulnerable, expuesta”.

Han pasado 7 años desde aquello, “A” no pensó siquiera en contárselo a alguien, tampoco sabía que podía denunciar. Inevitablemente, su relato cuela un entorno familiar violento, el padre golpeaba a la madre y luego la compensaba con dinero; “A” no tiene memoria de un vínculo amoroso, refiere el daño físico que le hicieron algunas parejas “no me defendía, para qué”. Recuerda la vez que quiso hablarlo en su casa y recibió por respuesta el consabido “fue tu culpa, eres una puta”.

Con una lógica prístina, remata: “Si en tu casa te dicen que eres una puta y el Presidente dice que necesita pruebas, ¿para qué denunciar ante el Ministerio Público?, no tiene caso. Lo asumes y ya”.

Me desarma, vuelvo a pensar en la guerra que sabes perdida, en la estrategia de solo resistir. Vuelvo a desesperarme ante la certeza de que en el poder no hay interlocutor posible, es un sinsentido dirigir cartas al Ejecutivo, firmar peticiones, suplicar al Senado que no se atreve a asumir una postura contraria a los designios del Presidente. Ya lo vivimos con Félix Salgado.

No comprender el lenguaje emocional lleva a una imbecilidad que constriñe la decencia, la dignidad y el dolor a un documento legal probatorio de las miserias cometidas. La bestialidad pide institucionalidad para escuchar, qué ironía.

¿Podemos evitar que la historia de “A” se repita?, ¿sólo queda exhibirlos?, ¿reciclaremos esta cansina fórmula cada vez –volverá a suceder– que un violador o un acosador sean premiados con un cargo? Y es que aunque Salmerón sea retirado del nombramiento, perdemos mientras el sistema que propicia esto persista.

Solo quiero decirle a “A” que, para mí, su historia es suficiente.

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