Mientras Andrés Manuel López Obrador recorría el territorio nacional, dialogaba con las comunidades, escuchaba a pequeños y medianos empresarios y estudiaba a sus rivales, las oposiciones y los grupos de poder hacían negocios entre sí, sin importarles el país. Cierto: la política también es un negocio, acaso el más rentable y con menos riesgo de ir a prisión por graves y deleznables que sean los delitos cometidos a su amparo. La alternancia política dio por resultado presidentes débiles, sujetos a todo tipo de presiones. Vicente Fox dilapidó el bono democrático en banalidades y fruslerías. Felipe Calderón y Peña Nieto se “legitimaron” con violencia, venalidad y la aquiescencia de los potentados. Gobernaron, pero no mandaron. Ese papel correspondió a la oligarquía.
López Obrador retomó el poder secuestrado por las élites y sus adláteres en los partidos y en los gobiernos. A un año de las elecciones para renovar los poderes Ejecutivo y Legislativo, las fuerzas contrarias a la 4T permanecen presas de sus orejeras y atrapadas en el laberinto de sus intereses. Ya han probado todas las posibilidades para someter al Presidente. Sin embargo, las fórmulas aplicadas con Fox, Calderón y Peña, en el caso de AMLO -por malo que sea su mandato- no funcionan. Ante su fracaso y falta de humildad, los adversarios de uno de los jefes de Estado y de Gobierno más poderosos han respondido con las mismas armas: encono, soberbia y manipulación.
Los opositores de AMLO no han generado liderazgos. Una revisión somera de la nómina de aspirantes del PAN, PRI y PRD a la Presidencia permite advertir la pobreza de cuadros y perfiles. Incluir a la senadora Lily Téllez en la baraja sucesoria no solo es patético, sino ofensivo. Los otros (Santiago Creel, Beatriz Paredes, Claudia Ruiz, José Ángel Gurría, Enrique de la Madrid…), además de obsoletos, son las caras de un régimen caduco. “De aquellos polvos vienen estos lodos”. Al presidente López Obrador se le debe afrontar con ideas, propuestas y carácter, pero, sobre todo, con inteligencia. Todo esto escasea o es inexistente en el frente anti-4T compuesto por partidos decadentes y cúpulas cuyos intereses e insensibilidad frente a la pobreza y la injusticia los ciega a la realidad.
El analista Jesús Silva Herzog, crítico de López Obrador, de los partidos en general y de los antagonistas del Presidente en particular debido a su ensimismamiento y cortedad de miras, ofrece, a propósito de las recientes elecciones en Turquía, una ruta para salir de la dinámica perversa que atrapa al país. Destaca la “aparición de un bloque opositor que logra construir una alternativa creíble” en un contexto donde “los medios reproducen casi unánimemente la voz oficial. (…) ¿Cómo pudo abrirse camino? Lo primero que ha logrado es escapar del anzuelo de la polarización que solo beneficia a quien sabe usar ese chicote (…). A los opositores corresponde el deber de cambiar la conversación”. En vez de replicar “las invectivas del autócrata” (Recep Tayyip Erdoğan) centran su atención “en los asuntos concretos de la gente” (Reforma, 22.05.23).
“La oposición turca -resalta- no ha llamado al desquite. A las agresiones del oficialismo no ha respondido con amenazas de cárcel a quienes quiere derrotar electoralmente. El mensaje esencial han sido demostraciones prácticas de tolerancia y de sentido práctico (…). Frente al caudillismo, la oposición ha buscado consensos y propone soluciones concretas. Frente al hombre fuerte, un equipo que dialoga. En las propuestas hay sensatez, no utopía”, advierte. En México las oposiciones están en las antípodas. No entienden que la mejor manera de obtener el voto de quienes apoyan al régimen es, como Silva Herzog lo plantea, “facilitar el brinco al campo democrático”.
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