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Te hice, te destruyo

Por ATL DEL DESIERTO

Hace 3 meses

Cuando una persona sale de una existencia que cumple con la ruta que percibe ella o los demás, es prudente evaluar su papel y actuar en consecuencia.

Eso aplica en muchos empleos, desde un vigilante, quien debe entender que lo que vigila y, supuestamente, protege no le pertenece, y si dispone de esos bienes incorrectamente, debe ser castigado; o un sirviente, en todos sus niveles, desde fámula hasta secretario particular, tiene claro que no es titular ni propietario.

El narcotráfico es una actividad y un delito que nacieron como algo relevante a principios del siglo XX. Está claro que el consumo de estupefacientes tiene siglos de acompañar al ser humano, pero empezó a figurar y ser usado con otros propósitos desde finales del siglo XVIII y plenamente en el siglo XIX, cuando el Imperio británico presentó a la civilización el tráfico de opio para corromper a los chinos, en lo que llamaron las “Guerras del Opio”.

Aún a principios del siglo XX, la cocaína se podía adquirir en boticas; la heroína fue conseguida por empresas farmacéuticas, pero los ajedrecistas de los pueblos tenían otros planes. Empezaron prohibiendo el consumo de bebidas etílicas en la Unión Americana alrededor de los años 20, algo que abrió una enorme oportunidad de negocio para muchos bolsillos norteamericanos, desde el trasiego de alcohol producido en alambiques ubicados en lugares poco accesibles hasta el contrabando de licores elaborados en Canadá. (Joseph Kennedy, padre de John F. Kennedy, siempre fue señalado como contrabandista de whisky, y en Ciudad Juárez se fabricaban enormes cantidades de esa bebida para ser introducidas de contrabando a Estados Unidos).

Tras el fin de la prohibición en suelo norteamericano, se fue gestando un negocio mayor: las drogas. Entre varias acciones, el Gobierno de Estados Unidos financió un programa de producción de amapola en Sinaloa, con el visto bueno del Gobierno de Lázaro Cárdenas, “para producción de opio que serviría para producir morfina para la guerra”. (La Segunda Guerra Mundial aún no comenzaba y Estados Unidos se unió a los Aliados hasta finales de 1941, cuando Lázaro Cárdenas ya no era presidente).

Naturalmente, terminó la guerra, pero el negocio se quedó. Desde entonces existe un negocio multimillonario en suelo norteamericano, en el que delincuentes mexicanos, funcionarios y campesinos han prosperado trabajando y colaborando.

Claro, nadie creería que un campesino o agricultor de la costa del Pacífico mexicano tenga los tamaños para distribuir toneladas de enervantes por las calles de Estados Unidos, burlando a las aduanas y a las policías locales.

En la historia reciente hemos visto que las agencias de seguridad estadounidenses participan en el ambiente del narcotráfico con diferentes propósitos. Por ejemplo, cuando la CIA implementó un sistema en el que usaban aviones de la Fuerza Aérea estadounidense, traían drogas de Irán y Afganistán a México y Centroamérica y, con lo cobrado, financiaban la insurrección en Nicaragua contra la Junta Sandinista.

Cuando un agente de la DEA descubrió actividades de los narcos alineados con la CIA, fue capturado, torturado y ejecutado, con la presencia del entonces secretario de Gobernación mexicano. (Por eso, Bartlett fue de los primeros funcionarios mexicanos que no pudo prescindir de comprar fayuca en Tepito).

El poder estadounidense, evidentemente, está en proceso de deshacerse de un negocio que le ha proveído por décadas. En todo este tiempo armó y enseñó a esas personas a traficar y producir. Cuando más bizarro pareció fue con el fentanilo, una droga nueva. Nadie hubiera creído que, en tan corto tiempo, dominaran los procesos de producción para estar entregando la droga en suelo estadounidense.

El primer intento serio de hacer frente a los cárteles, a mediados de los años dos mil, fue frenado por el enorme contrabando de armas automáticas, promovido por el Gobierno de Obama en aquel operativo “Rápido y Furioso”, con la infantil excusa de “investigar el tráfico de armas”. Esa investigación solo la debían realizar en las oficinas policiacas de Estados Unidos.

Ese Gobierno ha mostrado varias veces la conducta de deshacerse de colaboradores que alguna vez consideró útiles (Osama bin Laden, Noriega, Saddam Hussein, etcétera). Todo el teatro del Gobierno estadounidense contra los cárteles mexicanos tiene ese cariz. Es obvio que al Gobierno estadounidense no le urge desaparecer las drogas de aquel suelo; las drogas ya son parte de la vida de muchos de ellos y son un ingrediente del poder. Hasta el inútil Marx identificaba a la religión como el opio del pueblo; no sabía que el opio era más importante que la religión.

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