Coahuila
Hace 3 años
Durante los días previos a las elecciones efectuadas el domingo anterior, en Coahuila y el Estado de México, varios fueron los lectores amables, para sorpresa nuestra tenemos más que uno, quienes nos comentaron acerca de cómo los miembros de la curia católica hacían invitaciones a sufragar en favor de uno u otro candidato o bien encubrían el mensaje bajo un llamado general, hemos de apuntar que nunca los hemos calificado de poco inteligentes para hacer esas cosas. Nuestra respuesta fue siempre la misma, si eso sucede, no por el hecho de que se coincida con el llamado realizado por x o y sacerdote debemos de aprobar tal acción. Dichos ciudadanos no realizan dichos actos de manera desinteresada, después buscan la forma en que habrán de obtener una recompensa por el apoyo. Si, ya sabemos que con esta afirmación no hemos de ganar ninguna indulgencia, pero desde nuestra perspectiva de Liberales, en el concepto político-económico original, somos firmes creyentes en la separación de los asuntos del Estado y los de las Iglesias, porque ni modo que nos vayan a salir con que existe una sola. Ahora que si los ministros de culto, católicos o de otras interpretaciones de la fe, consideran que tienen el derecho de inmiscuirse en asuntos políticos, ¿esto se puede interpretar como que están dispuestos a que cualquier miembro de la autoridad civil vaya y les indique como han de realizar sus acciones de culto? Tal vez, en medio de la desmemoria general, convenenciera o inducida, se haya olvidado lo mucho le ha costado a este país la intervención de la clerecía en la vida política. En ese contexto, dado que lo nuestro es la historia, hemos de revisar una situación que se presentó, en 1909, cuando se aproximaban los estertores del gobierno del presidente Díaz Mori.
Apenas concluía, era el día 28, el primer mes del año referido cuando el que entonces era el diario más importante del país, El Imparcial, publicó un editorial titulado: “la Iglesia Libre en el Estado Libre”, título que evocaba lo establecido por Camillo Paolo Filippo Giulio Benso, Conde de Cavour, Isolabella y Leri, quien, en 1861, fuera figura prominente en la unificación de Italia de la cual se convirtió en primer ministro entre marzo y junio de ese año. El diario mexicano hacía mención a las declaraciones del arzobispo de Saint Paul, Minnesota, John Ireland Naughton, en relación con el nombramiento de un obispo español el cual debería de realizarse en el marco del Concordato firmado entre España y el Vaticano. El sacerdote de origen irlandés estableció que: “Puesto que nuestro siglo pide libertad en un buen sistema de gobierno, seamos modelo de patriotismo, de virtudes cívicas, de acatamiento leal a las instituciones del país, y nunca podrá llegarse a sospechar que los católicos son partidarios de vetustos y ya enterrados regímenes, ni enemigos de la libertad civil y política. Sólo dentro de esa independencia de acción la Iglesia ha podido conservarse intacta y sin invasiones en la interesante tarea marcada…” Como comentario al respecto el editorialista mexicano apuntaba que “…en los países en que el Estado y la Iglesia se encuentran estrechamente ligados, con un lazo que estorba a una y otro en sus movimientos y contraria, deformándolas y adulterándolas, sus funciones, cualquier acto de aquel ha de afectar a ésta y a la inversa”. Para soportar su argumentación, recurría a lo aparecido en un diario de Barcelona.
Al respecto, se enfatizaba que “…la designación de un prelado escogido por el gobierno español, nombramiento a que necesariamente ha de conformarse la Iglesia Católica de aquella nación, convenga o no a los natos intereses que aludía el arzobispo Ireland”. Acorde con la publicación barcelonesa, “los candidatos que se anuncian con probabilidades de más éxito están apoyados… no por la simpatía y conveniencias de los fieles, sino por fracciones y camarillas, con lo que ya tenemos la abdicación de un poder a otro, y a la Iglesia convertida en un instrumento político. A nadie le importa la piedad, virtud o especial aptitud para la cura de almas, que puedan tener los varios candidatos. Lo que importa son sus concomitancias con tal o cual partido. Nadie se preocupa por sus opiniones teológicas, sino por su criterio sobre las cosas de este mundo, que Dios, según la Biblia, entregó a las disputas de los hombres”. Desde la perspectiva de El Imparcial, en España, se invirtieron los papeles y “…bajo el régimen del Concordato español, se da a Dios lo que es del César, entregándole al César lo que es de Dios”. Lo que a continuación se leía tiene validez intemporal y para cualquier nación.
“Y, naturalmente, convertida la Iglesia [Católica] en una organización política, sus miembros no podrán nunca moverse con esa libertad que guía las palabras de monseñor Ireland, ni aun declararse adictos a las instituciones de un pueblo, toda vez que el carácter de las instituciones varía, como pasa en España, con el programa de cada partido militante. Habrá entonces dentro de la Iglesia [Católica], tanto matices y tantas tendencias, como sean las de los bandos que discuten la cosa pública; sus aspiraciones serán las mismas, y su acción en su terreno de influencia se apartara tanto más de lo espiritual cuanto más ha de acercarse a lo terreno”. ¿Alguien duda de la verdad que entrañan, ayer y hoy? cada una de esas palabras? Para rematar, la editorial apuntaba que “el acatamiento a las instituciones de un país, el amor a la libertad y el progreso, el deseo de acomodarse al espíritu del siglo, ¿Qué más? hasta al mismo patriotismo, sentimientos vinculados en una Iglesia tal como la describe monseñor Ireland, únicamente se conciben en aquellos pueblos que han realizado la absoluta separación de la Iglesia y el Estado”. Si bien cualquier persona racional nada podría argüir al respecto, nunca faltaban, ni estarán ausentes, quienes invocan poderes inmanentes transferidos, sin mostrar prueba palpable alguna, para enarbolar superioridades supuestas y argüir que se quiere destruir a una institución a la cual únicamente se le ha demandado a lo largo de la historia que se concrete a atender a quienes concuerden con su perspectiva sobre los asuntos espirituales.
Pero, en febrero de 1909, un diario católico El País, editado por un profesante recalcitrante de tal versión de la fe, Trinidad Sánchez Santos, sentía que delimitar los ámbitos de acción era un asunto pecaminoso pues nada, ni nadie, debería de imponer reglas, excepto la organización trasnacional más antigua, la Iglesia Católica. En ese contexto, el 10 de febrero de 1909, publicaba una editorial bajo un nombre similar al de El Imparcial. Esta pieza, la de El País, iniciaba tratando de mostrarse favorable a la separación Estado-Iglesia, reconociendo las dificultades que ello implicaba, pero que era factible salvarlas. En ese contexto, invocaba lo que Gioacchino Vincenzo Raffaele Luigi Pecci, el Papa León XIII, escribiera en la encíclica “Inmortale Dei.” En ella, se precisaba que “es necesario que haya entre las dos potestades cierta trabazón ordenada; trabazón íntima que no sin razón se compara a la del alma con el cuerpo del hombre”. A esto, se agregaba que “a veces acontece que, por necesidad de los tiempos, puede convenir otro género de concordia que asegure la paz y libertad entre ambas, por ejemplo, cuando los gobiernos y el pontífice romano se avengan sobre alguna cosa particular. En estos casos, hartas pruebas tienen dadas la Iglesia de su bondad maternal, llevada tan lejos como han sido posibles la indulgencia y facilidad de acomodamiento.” Pero ya eran muchas las palabras de condescendencia, era tiempo de mostrar el rostro verdadero.
Y para que no quedara duda respecto a lo anterior, el editorialista iniciaba el párrafo siguiente indicando que: “Pero el Liberalismo es enemigo de la armonía y de la concordia entre los dos poderes…” Tras de ello, retomaba las palabras de don Gioacchino en la encíclica citada antes en la cual señalaba: “Donde quiera que a tales doctrinas se ajusta la marcha de las cosas, se da a la Iglesia [Católica] en el orden civil el mismo lugar o quizá inferior que otras sociedades distintas de ella; para nada se tienen en cuenta las leyes eclesiásticas, y la Iglesia que por orden y encargo de Jesucristo, debe enseñar a todas las gentes, se ve forzada a no tomar parte alguna en la educación pública de los ciudadanos. Aun en las cosas que son competencia de las dos potestades, las autoridades civiles mandan por sí y a su antojo, despreciando con soberbia las leyes santísimas de la Iglesia [Católica].” Vamos por partes, el que se les otorgue trato similar a otras entidades nada tiene de criticable, esa organización es como cualquier otra que se dedique a esas actividades. Lo que las leyes eclesiásticas establezcan es muy respetable para quien desee observarlas en el seno de una organización privada. Lo del encargo de Jesucristo pues tendríamos que irnos al Siglo IV y analizar los actos del emperador Constantino, así como lo que escribió y las acciones que el Papa Dámaso I emprendió respecto a la narrativa de los tres siglos previos, un asunto que dejamos para el análisis de los expertos en el tema. En lo referente a la educación pública, en el caso específico de México, el hecho de que por más de tres siglos la Iglesia Católica haya estado encargada de la enseñanza no dio resultados positivos. ¿Acaso alguien puede argüir eso cuando el nivel de analfabetismo entre la población sobrepasaba fácilmente el noventa y cinco por ciento? Ahí no terminaban las quejas por sentirse desplazada.
Cuestionaban que el Liberalismo trajera a “su jurisdicción los matrimonios de los cristianos, legislando aun acerca, del vínculo conyugal de la unidad y estabilidad del matrimonio y el privar de las posesiones a la Iglesia [Católica], diciendo que ella no tiene derecho de poseer. En suma, obran de tal modo respecto de la Iglesia que, negándole los derechos y naturaleza de una sociedad perfecta, la ponen al nivel de las otras sociedades incluidas en el Estado y por consiguiente, dicen, si tiene algún derecho, alguna facultad legítima para obrar, los debe al favor y a las concesiones de los gobernantes”. Asimismo, según el editorialista mexicano, “lo que se busca no es la libertad de la Iglesia; sino, al contrario, la muerte de esa libertad y la violación de todos sus derechos.” Respecto al asunto del matrimonio, el Liberalismo jamás prohibió que cada uno celebrara su unión bajo el rito que deseara. Sin embargo, dado que no reconoció vivir bajo un estado teocrático, era importante que las leyes civiles prevalecieran y bajo ellas dos personas, sin parentesco, deciden establecer un contrato conyugal de carácter civil. Por lo que se refiera a que la Iglesia Católica, ayer u hoy, sea una sociedad perfecta, pues ejemplos sobran para mostrar que nada hay mas alejado de la realidad, salvo que se desee cubrir el sol con una falange. Por otra parte, cuando revisamos estos pasajes históricos, siempre nos llama la atención como aquellos quienes decían, y dicen, que lo de ellos no es de este mundo, defienden con singular alegría el que se les permita tener riquezas materiales, mismas que defiende con gran ahínco. Dado que nuestros conocimientos en asuntos teológicos mínima, nos preguntamos: ¿Acaso, también, en lo que, supuestamente, les encargaron por la vía inmanente iba el acumular riquezas materiales? Pero, volvamos al editorialista quien buscaba a toda costa satanizar al Liberalismo, para lo cual volvió a la carga citando la encíclica arriba mencionada.
En ella, León XIII indicaba que “en este modo de ser de los gobiernos a que tanta afición tienen hoy algunos, lo que de ordinario se quiere es quitar de en medio a la Iglesia [Católica] o tenerla atada y sujeta al Estado. A este fin van enderezados en gran parte los actos de los gobiernos; las leyes, la administración del Estado, la educación de la juventud, extraña a la religión, el despojo y la ruina de las órdenes religiosas, la destrucción del principado civil de los romanos pontífices no tiene más fin que quebrantar las fuerzas de las instituciones cristianas, ahogar la libertad de la Iglesia Católica y violar todos sus derechos. Tal es el verdadero fin que persiguen los que, para liberar al Estado de todo deber moral proclaman aquella formula de la Iglesia [Católica] libre en el Estado libre”. Tras de esa afirmación, el editorialista se desvivía en ataques hacia Cavour y recurrir al contenido de la pieza publicada en El Imparcial para concluir que en realidad el objetivo del Liberalismo era “La Iglesia esclava en el Estado ateo”. Tanto rodeo para terminar en una diatriba sin sustento.
Ayer, al igual que hoy, quienes profesamos el Liberalismo en el sentido del concepto original, no andamos promoviendo la destrucción de ninguna forma de creencia religiosa por el hecho de que lo sea. Somos respetuosos de como cada uno asuma su relación con el Gran Arquitecto y de la manera en que lo lleve a la práctica. Si ellos estiman que requieren un intermediario para establecer esa relación, pues muy su gusto. Mientras los asuntos de la espiritualidad se mantengan en ámbito de ella nada tiene de criticable. Sin embargo, cuando se trata de hacer uso de ella para llevar agua al molino de cualquiera en el terreno de lo político, creemos que es una actitud reprobable. La historia está plagada de ejemplos de lo que sucede cuando se mezclan religión y política, los ciudadanos de a pie no obtienen nada favorable a cambio. Aun cuando no debemos de olvidar que cuando los gobernantes, creyendo que otorgando prebendas van a lograr un aliado entre los líderes religiosos, los ejemplos de que eso es simplemente una ilusión son abundantes, una vez que dejan de proveer o se ven en problemas, si te he visto ni me acuerdo. Los ejemplos al respecto sobran, voltee a su lado y, en una de esas, encuentra uno.
Estamos plenamente consientes que opiniones como las aquí vertidas pudieran ser calificadas de exageradas, pero no lo son. Quienes estudiamos la historia podemos afirmar con conocimiento pleno cuan negativo ha sido para nuestro país que la curia católica o los dirigentes de cualquier otra interpretación de la fe, olvidándose de sus acciones pastorales, se mezclen en asuntos de política. Las consecuencias de la más reciente aun la estamos pagando. No hay duda de que en el afán de obtener algo más que prerrogativas celestiales, existe una tentación perenne por no reconocer la separación entre el Estado y las Iglesias. [email protected]
Añadido (23.23.110) El 4 de junio fue la fecha que el Gran Arquitecto estableció para que mi prima Blanca Estela Ríos Romero acudiera a su cita con Él. Vaya un abrazo solidario para su esposo, José, y sus hijos, Daniela y José Miguel, haciéndolo extensivo para sus hermanos Enriqueta, Rafael, Bernardo y Dolores.
Añadido (23.23.111) En Coahuila la mayoría abrumadora de los ciudadanos votantes mostraron que su estado neurológico es óptimo. En el Estado de México, sin embargo, no queda sino preguntarnos: ¿Será que los efectos neurodegenerativos ocasionados por la contaminación ambiental han causado daños severos en la mayoría de los votantes o quienes prefirieron abstenerse y no votar por la candidata tricolor?
Añadido (23.23.112) A nivel nacional, el PRI no se encuentra en esa situación de desgracia como consecuencia de las actividades de sus adversarios, sino gracias a los traidores.
Añadido (23.232.113) ¿Cómo de que el lunes renuncia? Pero si lleva más de tres meses sin atender el área de su responsabilidad.
Añadido (23.23.114) Vaya desvergüenza del Gobierno de México. Se manifiesta indignado porque a unos paisanos que entraron ilegalmente a los EU, el gobernador de Texas los agarró y los trepó a un avión para enviarlos a “ciudades santuario”. Las autoridades mexicanas califican “dichos actos como violatorios de los derechos humanos y constitucionales, así como de la dignidad humana”. No contento con ello, amenazan con tomar acción legal por lo que les hicieron a los paisanos. Y ¿Qué adjetivo le coloca al hecho de que es incapaz para proveer a sus ciudadanos de oportunidades y vida digna hasta el punto de no dejarles otra alternativa sino irse a jugar la vida en busca de mejorar su situación económica? La desfachatez mostrada sin ningún rubor.
Notas Relacionadas
Hace 1 hora
Hace 3 horas
Hace 3 horas
Más sobre esta sección Más en Coahuila