Es muy común que la gente lleve metafóricamente un hoyo en su existir y busca utilizar la estrategia para salir de una situación difícil, sin embargo, muchas veces el recuerdo perdura y no puedes extraerlo, te agobia, te taladra en el cerebro.
El 14 de febrero, cuando todo mundo celebra el día del amor y la amistad, es para mí un día muy especial que marcó mi existir como un parteaguas, con un antes y después, todavía es fecha que me llena de tristeza.
Un parto difícil y peligroso puso al borde de la muerte a mi esposa y mi hijo más pequeño; entramos en un hoyo de profunda crisis que provocó una sensación de no tener salida. Literalmente toqué fondo y ellos inmersos en un problema complejo, que los hizo caer en un sueño profundo con pocas esperanzas de vida, del cual despertaron 11 días después, cuando ni médicos, ni enfermeras daban una pizca de sobrevivencia; yo creo en Dios y pedí fervientemente por los dos y él me hizo el milagro.
En ese momento sufrí una crisis emocional que acepté con coraje, fortaleza y resiliencia, enfocando mis acciones positivas, para seguir atendiendo su salud y fue tan profundo el hoyo que hasta perdí el trabajo. Con mis ahorros pude enfrentar los gastos inherentes a la atención médica y hospitalaria, pero además me permitió estar pendiente de su convalecencia
El primer paso fue entender que mi responsabilidad número uno era los dos, mi esposa y mi hijo, comprendí que estar en el hoyo era una invitación a tomar una acción inteligente y buscar alternativas para su sanación y así sucedió.
Mi esposa falleció 40 años después, consecuencia de una transfusión con sangre contaminada en aquel tiempo, pero tuvo la oportunidad de ver a su hijo crecer y ser lo que ahora es: un hombre de bien. Felicidades, Carlos Emmanuel, disfruta tu vida, hijo.
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