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Coahuila

Un paseo por los salones del Ateneo

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 3 meses

En el Ateneo, como en toda institución educativa, hubo, hay y habrá buenos, regulares y malos maestros, pero de todos, al igual que de los libros, aprende uno algo, solía decir el docente ateneísta Gilberto Duque Medina, que se pasó 35 años de su existencia dando cátedra en el sesquicentenario colegio de bachilleres, símbolo de Saltillo.

Él recordaba con respeto y aprecio a los maestros, pero también fue testigo de uno que otro chascarrillo o anécdota atribuida a ellos.

La lista de mentores y sus historias pareciera interminable y sí, hay necesidad de elaborar un libro, pero hoy sólo voy a señalar a unos de esos ilustres mentores del glorioso Ateneo Fuente de mi tierra natal, orgullo muy nuestro, que ahora sí, como dice el comercial… “Que se comparte”.

Alto, corpulento, calvo y de amplios bigotes era el maestro Federico Castilla, siempre con una varita de membrillo, con la cual no maltrataba a nadie, simplemente hacia ruido contra el escritorio. Él enseñaba los secretos de la geografía y aparentemente creían los alumnos que revisaba al azar o no calificaba los exámenes. Un día se pusieron de acuerdo y, en lugar de contestar el documento, anotaron fragmentos de la película en boga La calle del delfín verde. Todos sacaron cero.

Un excelente profesor fue el maestro Leopoldo Medina, quien impartía la catedra de matemáticas con gran disciplina y dedicación para que el alumno asimilara en secundaria los tres ejes principales: número, álgebra y variación (aritmética y ecuaciones); forma, espacio y medida (geometría), y análisis de datos (estadística y probabilidad), para desarrollar el pensamiento abstracto y la resolución de problemas.

Guillermo Meléndez Mata no sólo fue mentor en las aulas, sino maestro del periodismo. Lo recuerdo en la redacción del modesto periódico El Heraldo del Norte, ya desaparecido. “Memo”, como le decíamos fue también profesor del Ateneo Fuente, de Literatura Española y Ética. Meléndez Mata fue director fundador de la escuela, ahora Facultad, de Trabajo Social.

Nació en Cuba, pero “se nacionalizó” saltillense por decisión propia, don Abraham Curvelo, profesor de beisbol en el Ateneo Fuente, a quien el alumnado recordaba por sus enseñanzas y la práctica del rey de los deportes, que sirvieron a muchos y que mediante el trabajo y disciplina es posible avanzar en la vida.

El doctor Francisco Huereca de la O enseñaba anatomía a los chicos de secundaria como si estuviera en la carrera de Medicina de la UNAM, de donde él egresó, de tal suerte que fueron varios los alumnos que se decidieron por la carrera de médico.

Un espacio a parte merece el maestro Ildefonso Villarello Vélez, quien fue un gran intelectual y ejemplar docente; daba las materias de Latín, Griego e Historia. Fue secretario de la Universidad en el rectorado de José de las Fuentes Rodríguez y luego asumió el cargo como encargado de la Rectoría. Era una académico culto y capacitado para la enseñanza. Su obra escrita es una valiosa contribución literaria.

El capitán Máximo Vilchis era el encargado de la enseñanza militar, quien contrariamente a lo que se pensaba, daba un trato humano, más que castrense a los alumnos del Ateneo. Vilchis, que vino de lejos, así como el maestro Villarello y el señor Curbelo, decidió ser saltillense y nosotros los aceptamos sin cortapisas.

Finalmente hablaremos de José H. Solano, el famoso secretario de la dirección del Ateneo Fuente, cuya labor ejemplar dejó huella no sólo en la institución, sino en el alumnado mismo. Fue un ejemplar y responsable empleado que dejó su alma en el trabajo, el que a veces realizaba hasta altas horas de la noche, para regresar al otro día temprano a cumplir con su compromiso.

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