Va una propuesta, con plena conciencia de que se trata de una entelequia, y que precisamente por ello dibujaría una condición casi perfecta: que todos los que aspiran a un cargo de elección popular, de los tres órdenes, se sometan a una batería de exámenes para determinar qué tan sanos están, de donde realmente importa: la cabeza.
Sí, lo sé, pretender garantías de que los que nos gobiernan sean personas intelectual, emocional y sicológicamente sanas, plantea un escenario ideal que solo es posible en la imaginación, pero en el fondo la propuesta no sería tan descabellada.
Me explico: imaginemos que por ley se establezca como requisito indispensable para acceder a una candidatura, de lo que sea, que el aspirante se someta a una serie de exámenes sicológicos que bien podría diseñar la Comisión Nacional de Ética en Psicología o cualquier otra institución medianamente solvente.
¿Qué ganaríamos los ciudadanos? Pues nada menos que cierta garantía de que los que accedan a puestos de poder público estén sanos. Imaginemos un país sin tantos resentidos sociales, sin tantos narcisistas, hambrientos de poder, sin tantos siniestros personajes sumidos en un descontrol emocional que luego toman decisiones que nos afectan a todos.
Y aún más: que también se establezca por ley que, una vez que resulten electos, los alcaldes, diputados, senadores, gobernadores y el Presidente, se sometan a valoraciones sicológicas periódicas, ya que demostrado está, el poder en México enloquece y los ciudadanos deberíamos tener algún instrumento que nos permita detectar en tiempo y forma cuándo nuestros gobernantes se mudan a la estratosfera.
Tal vez así no nos hagan tanto daño.
Piénselo, sería un México totalmente distinto al que hoy padecemos.
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