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Gabriela Mistral, la firmeza de una escritora errante

  Por Agencias

Publicado el martes, 10 de enero del 2017 a las 16:51


Un repaso por la agitada pero valiente vida de la Nobel de Literatura chilena, hoy que se cumplen 60 años de su partida

El Comercio | Chile.- No fue la primera Mistral en ganar el Nobel de Literatura. Lo obtuvo antes Frederic Mistral, escritor francés que ella admiraba y de quien tomó el apellido para reemplazar su larguísimo nombre de nacimiento: Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga. Gabriela Mistral sonaba mucho mejor, desde luego. Al menos era más literario, eso es seguro.

Eso sí, fue la primera latinoamericana en obtener el premio. “Su obra lírica, inspirada en poderosas emociones, ha convertido su nombre en un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano”, fue la sustentación de la Academia Sueca. A pesar de ello, se hizo acreedora de tantos elogios como cuchicheos y malas miradas. Con tantos hombres en el bolo, el que lo ganara una mujer era una afrenta para la hasta hoy patriarcal Latinoamérica. A ella poco le importó, y logró hacerse un espacio en las altas letras de la región, pese a sus humildes orígenes. Las cartas que intercambió luego con Ciro Alegría, Alfonso Reyes o Ezra Pound así lo prueban.

Hay un mérito más: el otro Nobel chileno lo consiguió Pablo Neruda en 1971, pero en buena parte impulsado por la oleada de izquierda de la época, con Salvador Allende en el poder y la amenaza fantasma de lo que sería el terror pinochetista. Mistral, en cambio, tuvo poca actividad política directa: pasó de enseñar en escuelas de todo Chile –donde vivió de punta a punta y conoció sus climas y sus gentes– a trabajar como diplomática en varios países. Desde entonces siempre estuvo en movimiento. Y la polémica nunca la abandonó.

FEMINISTA ADELANTADA

Mistral despertó iras también por facetas no necesariamente literarias. “He vivido en una sociedad que me despreciaba por mal vestida y mal peinada”, escribió en algún momento. La atacaban cuando escribía prosas infantiles y también cuando esgrimía poderosas críticas sociales. Siempre había una excusa para no satisfacer a sus detractores.

La ensayista inglesa Jenny Robb, estudiosa de su obra, se pregunta si Mistral debería ser considerada una verdadera feminista o, más bien, una tradicionalista que no rechazaba el modelo de las mujeres que se quedan en la casa con los niños. “En realidad ella fue todo esto y mucho más”, se responde. Porque, en efecto, Mistral fue una fuerte contradicción. ¿Quién no lo ha sido en algún momento?

PASIONES OCULTAS

Y en otros casos, hubo quienes quisieron ver una contradicción donde no la había. Por ejemplo, entre la profunda religiosidad de la escritora –tan patente en muchas de sus obras– y su secreta homosexualidad. La relación que mantuvo con Doris Dana, posteriormente su benefactora, salió a la luz décadas después de su muerte, con la publicación del libro “Niña errante”, una compilación de la intensa correspondencia que mantuvieron durante años. “Nadie puede saber el efecto que tiene en mí el perderte, Dana. Es realmente caer en un pozo vacío y negro: es algo que se parece mucho a la muerte”, le escribía en 1952. Incluso hasta hace menos de diez años, el estreno del filme “La pasajera”, que abordaba esa relación, ofendió a no pocos.

Pero así, cristiana y lesbiana, pública y privada, la autora de “Desolación” y “Lagar” supo reafirmar una voz que hasta hoy deja sentir sus ecos en la literatura castellana. O como dijo en “Tala”, uno de sus mejores libros: “Me sobra el cuerpo vano/ de madre recibido;/ y me sobra el aliento/ en vano retenido”.

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