POR: JOSÉ WOLDENBERG
Ayer conocimos los resultados del examen PISA que lleva a cabo la OCDE y que evalúa entre los jóvenes de 15 años de varios países las que se consideran destrezas fundamentales para desarrollarse en la vida.
En 2022, PISA nos informó que sólo 53% de los jóvenes de esa edad en nuestro país, alcanzó el nivel básico de lectura, que ese porcentaje descendía hasta 34%, tratándose de matemáticas y alcanzaba 49%, en ciencias. (Toda la información de esta nota está tomada de una interesante y documentada charla de Silvia Schmelkes y Carlos Mancera).
Acostumbrados a observar la política como escándalo o como cotorreo, y vaya que todos los días hay mucha tela de donde cortar, dejamos de ver y evaluar auténticas catástrofes que se desarrollan en silencio.
No tienen los reflectores suficientes para colocarse en los primeros lugares de la conversación, pero sin duda acabarán modelando el México de los próximos años.
En la plática enunciada se nos proporcionó una serie de cuadros sobre la evolución de la matrícula en los últimos años y es o debería ser un insumo para despertar del letargo a quienes pensamos que la educación no es un asunto más de la llamada agenda nacional, sino una de las asignaturas de las que dependerá, en buena medida, la calidad de nuestra convivencia.
En el nivel preescolar, en 2018-2019, había inscritos 4.8 millones de niños, pero en 2025-2026, la cifra sólo alcanzaba los 3.8 millones, un descenso del 20% (las cifras en números absolutos han sido redondeadas).
En primaria en 18-19, estaban inscritos 14 millones y en 25-26, sólo 12.5 millones, un decremento del 10.4%. Y en la secundaria en esos mismos años pasamos de 6.5 millones a 6.3 millones, 3% menos. El gran total sería de 25.2 millones a 22.6 millones, un descenso del 10.3 por ciento.
Como escribió José Carreño Carlón, una “desescolarización” de 2.6 millones de niños y jóvenes. Pero alguien podría decir que ese descenso quizá pueda explicarse por una menor demanda de ese estratégico servicio (un auténtico derecho habilitante). Pero no, por desgracia.
Si uno revisa la “tasa neta de escolarización” se da cuenta de que la cobertura también ha descendido. De 71.8% en preescolar en 2018-19 a 61.3% en 2025-26.
En primaria del 98.7% al 93.1% y en secundaria del 84% a 83.5%. En los tres renglones el porcentaje de niños y jóvenes en edad escolar que están siendo atendidos también decreció.
Y en la educación media superior las cifras no son menos malas. En 2018-19 había 5.2 millones de estudiantes, pero en 2025-26, la cifra era de 5.1 millones, una disminución de 2.7% y la cobertura pasó en esos mismos años del 78.7% al 74.7%, 4% menos. (Cabe apuntar que todas las cifras son oficiales).
Recuerdo cuando en cada Informe presidencial, el titular del Ejecutivo daba cuenta del incremento en la cobertura de los diferentes niveles escolares. Sin duda tenía su mérito, aunque muchos nos preguntábamos por la calidad que nos parecía insuficiente.
Pues bien, en los últimos años hemos iniciado una regresión en la cobertura, es decir, un descenso en términos absolutos y relativos en el número de alumnos que atiende el sistema escolar.
Sobre el tema de la calidad de la educación que informa PISA, ya nos sabemos la cantaleta que hemos escuchado de manera reiterada: que es un examen diseñado para otras latitudes.
Porque al final, como alguien dijo en la reunión citada, el derecho a la educación es el derecho a aprender.
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