Coahuila
Por Ramón Rocamontes
Hace 19 horas
Vivimos una época donde el deporte Infantil y Juvenil crece como nunca antes. Existen más academias, clubes, interminables torneos, más visorias y más competencias.
Padres recorren kilómetros cada fin de semana, las niñas y los niños entrenan varias veces por semana y las redes sociales muestran constantemente medallas, campeonatos y reconocimientos de las academias y clubes.
A simple vista parecería que el deporte formativo atraviesa uno de sus mejores momentos. Sin embargo, detrás de muchos uniformes, fotografías, trofeos y triunfos, existe una realidad incómoda que pocas veces se quiere discutir: algunos clubes han dejado de formar personas y han comenzado a priorizar el negocio y el resultado inmediato.
El problema no es que un club busque estabilidad económica, sin embargo toda institución necesita recursos para sobrevivir, pagar entrenadoras y entrenadores, capacitación e instalaciones, así como viajes y materiales. El verdadero conflicto aparece cuando el niño o deportista deja de ser el centro del proceso y se convierte únicamente en un cliente, una mensualidad o una herramienta para ganar campeonatos y atraer prestigio.
En muchos deportes —futbol soccer, baloncesto, béisbol, voleibol, natación, gimnasia, tenis, atletismo, fútbol americano y muchos más— se repite el mismo patrón. Los clubes venden sueños de alto rendimiento desde edades muy tempranas, incluso llamando atletas a las niñas y niños, cuando el proceso es largo para convertirse en ello.
Niños de siete, ocho o nueve años viven ambientes de presión donde parece que cada partido define su futuro deportivo. Se exige competir como profesionales cuando todavía están aprendiendo a conocerse emocionalmente.
Poco a poco el deporte deja de ser un espacio de aprendizaje y comienza a parecer una empresa obsesionada con producir resultados rápidos. Los entrenadores son evaluados únicamente por campeonatos. Los niños reciben reconocimiento solo cuando ganan. Los padres terminan atrapados en una dinámica donde sienten que su hijo siempre debe destacar para “no quedarse atrás”, olvidando la persona que es.
De igual forma el triunfo se vuelve una obsesión, cuando lo más importante es el proceso de crecimiento y el punto de partida es la diversión en este nivel deportivo.
En ese contexto, muchos procesos de formación desaparecen. Ya no importa tanto enseñar valores, disciplina o trabajo en equipo. Lo importante es ganar el siguiente torneo.
Algunos clubes reducen minutos a quienes se desarrollan más lento, dejan en la banca al que comete errores o descartan rápidamente a quien no ofrece rendimiento inmediato. El mensaje, aunque no se diga directamente, termina siendo claro: “vales si produces resultados”. Y es que lamentablemente nos encontramos en una sociedad resultadista. El deporte infantil jamás debería funcionar bajo esa lógica.
El verdadero objetivo de un club formativo no es fabricar campeones a cualquier costo. Es ayudar a construir personas capaces de enfrentar la vida. El deporte bien trabajado enseña responsabilidad, manejo emocional, tolerancia a la frustración, resiliencia, liderazgo y cooperación.
Enseña a convivir, a respetar reglas y a entender que el esfuerzo sostenido vale más que la recompensa inmediata.
Cuando un club pierde de vista eso, el daño puede ser profundo. Muchos niños terminan agotados mentalmente antes de llegar siquiera a la adolescencia. Otros abandonan completamente el deporte porque lo asocian con ansiedad, presión o humillación. Algunos desarrollan miedo constante a equivocarse. Y quizá lo más triste es que muchos comienzan a creer que su valor personal depende únicamente de ganar. Y un triunfo o una derrota no te definen como persona.
Las neurociencias y la psicología del deporte han demostrado que el aprendizaje no florece bajo ambientes de miedo permanente. El cerebro aprende mejor cuando existe seguridad emocional, confianza y motivación interna. Un niño que disfruta el proceso desarrolla mayor creatividad, mejor toma de decisiones y más capacidad para sostener el esfuerzo a largo plazo. Por el contrario, un entorno basado únicamente en presión y castigo puede bloquear el aprendizaje y afectar incluso la autoestima.
A veces olvidamos que el niño no recordará solamente los resultados. Recordará cómo se sintió durante el proceso.
Recordará al entrenador que lo hacía sentir capaz o al que lo avergonzaba frente a todos. Recordará si disfrutaba ir a entrenar o si vivía con miedo de cometer errores. Recordará si el deporte fue un espacio de crecimiento o una experiencia donde nunca se sintió suficiente.
Y aquí aparece otro tema fundamental: la escuela.
En muchos casos, la obsesión por competir está provocando desequilibrios importantes entre deporte y formación académica. Existen jóvenes que viven entrenando y viajando, pero sin desarrollar hábitos de estudio, pensamiento crítico o preparación profesional.
Algunos clubes hablan de “formar atletas de élite”, pero olvidan que estadísticamente muy pocos vivirán profesionalmente del deporte. Pero que pueden obtener una beca académica por el deporte y también mejoran su salud como punto de partida.
La pregunta entonces es inevitable: ¿qué sucede con todos los demás? o los que no llegan a ser profesionales. Acaso son un fracaso, ¡por supuesto que no!.
El verdadero éxito de un proceso formativo no debería medirse únicamente en cuántos llegan al profesionalismo. También debería medirse en cuántos terminan siendo adultos sanos, responsables, preparados académicamente y emocionalmente fuertes, gracias al deporte.
Porque la vida no siempre se gana con un marcador. Se gana también sabiendo trabajar en equipo, manejar la frustración, adaptarse a los cambios y construir relaciones sanas. Y justamente esas herramientas son las que el deporte debería enseñar.
Los mejores clubes no son necesariamente los que más trofeos tienen. Son aquellos que logran equilibrio. Los que entienden que competir es importante, pero nunca más importante que la salud emocional del niño. Los que respetan procesos. Los que forman entrenadores preparados no solo técnicamente, sino también humanamente. Los que entienden que detrás de cada uniforme existe una persona en desarrollo.
Un club verdaderamente formativo no humilla. No etiqueta. No utiliza el miedo como método. No convierte a los niños en productos desechables.
Educa, acompaña y construye, aquí está el secreto del éxito a largo plazo, que deja huellas positivas para toda la vida.
Hoy más que nunca necesitamos entrenadores conscientes, directivos responsables y padres capaces de entender que el éxito deportivo no puede construirse sacrificando la infancia, la educación o la salud emocional de las y los jóvenes.
Porque un campeonato puede durar una temporada, pero las experiencias que un niño o joven vive dentro del deporte pueden acompañarlo para siempre.
Principales personajes involucrados en el desarrollo integral del niño o joven deportista…
Los entrenadores
Tienen un papel clave en la formación emocional, deportiva y humana de los jóvenes.
Los clubes deportivos
Son las instituciones responsables de decidir si priorizan el desarrollo integral o solamente los resultados y lo económico.
Los padres de familia
Influyen mucho en la presión, apoyo emocional y visión que los niños tienen del deporte.
La escuela y maestros
Forman parte del equilibrio entre educación académica, deporte y desarrollo personal.
Psicólogos del deporte y profesionales de formación
Ayudan en temas emocionales, motivacionales y de desarrollo humano.
Directivos y coordinadores deportivos
Son quienes muchas veces establecen la cultura del club: formación o solo resultados.
La sociedad y cultura deportiva
Porque muchas veces se mide el éxito solo por ganar y no por formar personas.
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