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“Dios mío que pase pronto”, chilenos

  Por Notimex

Publicado el sábado, 27 de febrero del 2010 a las 21:51


Algunos gritos, alarmas disparadas y el ruido de vidrios quebrados siguió al fuerte trepidar de la tierra que despertó esta madr

Santiago.- Algunos gritos, alarmas disparadas y el ruido de vidrios quebrados siguió al fuerte trepidar de la tierra que despertó esta madrugada a la mitad de los chilenos y que dejó al menos 78 muertos en este país sudamericano.

El violento sismo, que ocurrió a las 03:34 hora local (06:34 GMT), tuvo una duración oficial de un minuto y medio, pero para la población el movimiento pareció interminable.

“Dios mío que pase pronto”, se escuchó en medio de la noche en un pequeño edificio del tranquilo barrio de Nuñoa, en la zona suroriente de la capital chilena, mientras cuadros, estantes, espejos y adornos caían estrepitosamente al suelo.

En medio de la oscuridad, el viejo televisor Samsung de 14 pulgadas se desplazó desde el mueble que lo sostenía y cayó al piso del dormitorio, seguido inmediatamente por un gran espejo de pared.

En el living (la sala), una “ponchera” de cristal labrado, una reliquia familiar de más de cien años de antiguedad, se hizo añicos en el piso, mientras copas, tazas y platos quedaban regados por el suelo de la cocina.

Con cientos de sismos en el cuerpo, en un país colgado como un balcón cordillerano sobre el océano Pacífico y que tiene el dudoso privilegio de registrar el mayor terremoto en la historia de la humanidad (9.6 grados en Valdivia en 1960), guardamos la calma.

Sentados en la cama, con mi esposa comenzamos a tratar de contactarnos con nuestras hijas y el resto de la familia, pero las comunicaciones estaban colapsadas.

La oscuridad, las alarmas y las recurrentes réplicas de más de cinco grados en la escala de Richter, unidas al ulular de las sirenas, hacían más dramático el momento.

Las puertas comenzaron a abrirse poco a poco en el edificio ubicado en la Avenida Chile-España. Vecinos en pijama salían a los pasillos, compartían veladoras y se agrupaban en torno a alguna radio a batería, la única fuente de información en ese momento.

El amanecer y el paulatino retorno de la electricidad, cortada en forma automática durante el sismo, comenzaron a desnudar la magnitud del terremoto.

Desde la Oficina Nacional de Emergencia, la presidenta Michelle Bachelet informaba del terremoto y llamaba a la calma a la ciudadanía, mientras fuentes periodísticas daban cuenta de cortes de carreteras y derrumbe de casas antiguas.

La luz del día infunde más confianza y seguridad, pero las réplicas se suceden y uno no deja de pensar que quizás la próxima sea más fuerte. Que Dios nos pille confesados, decía mi abuela.

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