Nacional
Por JC Mena Suárez
Hace 3 meses
La incertidumbre no está en los datos; está en lo que nadie puede calcular todavía. El Fondo Monetario Internacional advierte que 40% del empleo mundial está expuesto a la Inteligencia Artificial. En economías avanzadas, esa cifra sube a 60 por ciento. El número es conocido. El destino, no
Los grandes directivos de la tecnología hablaron primero con la certeza de los profetas. Dario Amodei, director de Anthropic, proyectó que la Inteligencia Artificial (IA) eliminaría 50% de los empleos básicos y dispararía el desempleo a 10 o 20% en Estados Unidos.
Sam Altman, de OpenAI, vaticinó categorías enteras de trabajo borradas del mapa. Jack Dorsey recortó 40% de su plantilla en Block y declaró que los mandos intermedios simplemente desaparecerían. Después, casi todos moderaron sus pronósticos. Altman llegó a reconocer que estaba “deliciosamente equivocado” sobre la velocidad del colapso laboral. Amodei habla ahora de productividad, no de destrucción neta.
Pero retirar el miedo no es tan sencillo como retirar una declaración. La zozobra persiste porque el FMI confirma el fondo del problema: de los empleos expuestos a la IA, aproximadamente la mitad se beneficiará de mayor productividad. La otra mitad enfrentará reducción de demanda, caída salarial o eliminación directa. Y a diferencia de oleadas anteriores de automatización, esta afecta con especial fuerza a trabajadores calificados, a jóvenes que intentan entrar al mercado y a la clase media. Jensen Huang, de Nvidia, lo formula con precisión quirúrgica: no es la IA la que quita empleos, sino las personas que usan IA desplazando a las que no.
El estudio AI at Work de Boston Consulting Group -publicado en 2024 sobre una muestra de 13 mil trabajadores en 18 países y 11 sectores productivos- concluye que más de 55% de los puestos será rediseñado antes de 2030, no eliminado, siempre que las organizaciones inviertan activamente en reconversión laboral. Sin esa condición, la transformación se convierte en desplazamiento. Incluso el papa Francisco, en su encíclica de mayo de 2025, advierte que la IA “no es neutral” y exige un orden social que impida concentrar el control tecnológico en muy pocas manos.
Hay quienes argumentan que cada revolución tecnológica destruyó empleos y creó más de los que eliminó: el telar mecánico, la electricidad, la computadora personal. El argumento histórico tiene peso real. Pero ninguna de esas tecnologías tomó decisiones cognitivas. Esta sí.
La pregunta ya no es si la IA transforma el empleo -eso ocurre hoy, no mañana-. La pregunta es si los sistemas educativos, las políticas laborales y las empresas tienen velocidad suficiente para reconvertir trabajadores antes de que la brecha sea irreversible. El reloj ya avanza.
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