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La nueva brega de eternidad

Por Columnista Invitado

Hace 2 semanas

Por: José Antonio Crespo

 

Mucha gente no tiene clara la diferencia entre los partidos dominantes y los hegemónicos, aunque tienen claro lo que es un partido único.

Tanto en los dos primeros los partidos mayores conviven con otros partidos de oposición, pues no son únicos. Sin embargo, hay más similitudes entre un partido hegemónico y otro único; ambos son partidos de Estado, es decir, utilizan los recursos públicos para fines de preservarse en el poder.

No hay elecciones equitativas, limpias o transparentes (en los partidos únicos pueden competir distintas personas para un cargo, pero todos pertenecen al mismo partido).

En los partidos dominantes, prevalece la democracia electoral, por lo cual la alternancia es una opción (y ha ocurrido). Si un partido permanece en el poder por mucho tiempo (35-40 años), es porque genuinamente la gente vota por ellos, por sus buenos resultados.

El Partido del Congreso en India logró la Independencia. Obvio tuvo prestigio por años. El Partido Liberal Democrático en Japón convirtió a ese país en la tercera economía mundial en 1964, tras el desastre de la guerra. ¿Cómo no votar por él? El partido Social-Demócrata sueco dio a todos sus ciudadanos: educación, salud, pensiones, todo de calidad (como en México), además de igualar el nivel social de sus ciudadanos.

El PRI, que se presentaba como dominante, era en realidad hegemónico, más parecido a un partido único. ¿Si el PRI surgió de una revolución donde un grupo logró triunfar militarmente sobre sus adversarios (tanto del Antiguo Régimen como de la coalición revolucionaria), porque no se convirtió en partido único en lugar de hegemónico?

Dos razones; era herencia de la tradición liberal decimonónica cuya bandera era la democracia política. Hubiera sido una gran contradicción ser único. Segundo: EU exigió al menos cierta formalidad democrática para dar su reconocimiento, lo que implicaba la existencia de partidos opositores, aunque fueran testimoniales.

Había que pretender ser una democracia formal. Por eso Gómez Morín, cuando fundó el PAN en 1939, dijo que les esperaba una “brega de eternidad”.

Cuando el PRI perdió su legitimidad económica, y también política (entre 1970 y 1988), tuvo que ir abriendo poco a poco el régimen a una auténtica democracia; la reforma de 1996 es el cambio cualitativo, y al año siguiente dejó de ser hegemónico; perdió la mayoría relativa en la Cámara Baja y el control de las elecciones. Todo listo para la alternancia en el año 2000. Y ocurrió.

La democracia electoral también dio paso a muchas alternancias estatales, pero igualmente al movimiento de López Obrador.
Muchos ya sabíamos desde antes que él no tenía ni pelo de demócrata, y lo advertimos a quien pudimos (pocos hicieron caso). Y en efecto, el poder que se le dio en 2018, de inmediato fue utilizado para minar poco a poco y en lo posible el sistema democrático. Y, sobre todo, le permitió organizar la mayor elección de Estado desde 1988 y hacerse (prácticamente) con la mayoría calificada en el Congreso.

Si aplica las reformas anunciadas, será un nuevo partido hegemónico (mezclado con un gobierno bolivariano). Regresaremos al año 1960, políticamente. Los partidos opositores volverán a ser testimoniales, lograrán cinco o seis diputados, y tendrán que esperar décadas para que las condiciones de nuevo sean propicias para un nuevo intento democrático.

Por lo pronto, el ensayo democrático de 1990 a 2018 fracasó. El PRI irá desapareciendo (y no se descarta que se vuelva satélite de Morena), y muchos militantes se irán a Morena (formado mayoritariamente por expriistas).

El PAN y otros partidos nuevos (por ejemplo, producto de la sociedad civil) serán lo que en 1960: meros testimoniales.
No competirán contra un partido fuerte, sino contra el Estado, con la imposibilidad implícita de ganarle. Nos espera pues una nueva “brega de eternidad”, por quién sabe cuántos años.

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