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Coahuila

La oferta política para contrarrestar a Xóchitl: una cubeta con cangrejos

Por Luis Carlos Plata

Hace 3 años

Tomando como pretexto “el fenómeno Xóchitl” que trae al obradorismo de cabeza y atacado de los nervios, orgánicamente surgió en los últimos días un intento de ¿estrategia? que persigue un objetivo común: desacreditar por su origen eugenésico y hoja de vida a la aspirante presidencial de moda, con base en la publicación en redes sociales de historias personales de fracaso que conduzcan a cuestionar el éxito económico y movilidad social de aquella en un entorno donde la generalidad -o por lo menos la percepción de la realidad- es el estancamiento en la derrota.

Alentados por el líder del movimiento, cuyo combustible es el resentimiento, quien genuinamente admirado el pasado lunes durante su perorata matutina no se explicaba cómo una persona puede pasar de vender gelatinas a convertirse en empresaria y facturar millones, detonó así la sospecha malsana, el chisme sin pudor.

Muy sencillo: la exaltación del síndrome de los cangrejos en la cubeta, teoría psicológica representada por una tina con crustáceos donde cada uno podría escalar hasta salir de ella con relativa facilidad, no obstante se sabotean entre sí pinzándose unos a otros para que ninguno pueda escapar individualmente, ocasionando la destrucción del colectivo.

Lo anterior no es otra cosa que analogía del comportamiento social cuando en un grupo, por visceralidad, se intenta disminuir o negar la importancia de un miembro exitoso para detener su progreso. “Si no puedo tenerlo yo, tú tampoco”, es la máxima que define la conducta humana. Retratada a la perfección por Ikram Antaki en “El pueblo que no quería crecer” (1996).

El caudillo populista señala con índice flamígero que Xóchitl “no es parte del pueblo” y las hordas  –cada vez más disminuidas y menos convencidas de repetir consignas, falacias y dogmas, justo es decirlo– interpretan sus designios. El aparato de legitimación insertado en los medios de comunicación convencionales y no convencionales secunda para congraciarse con él.

No es politiquería que debido a su insignificancia deba ser ignorada. Al contrario: el fenómeno tras “el fenómeno Xóchitl” es muy interesante pues no existe virtud, sino revela lo peor de las personas.

Nada nuevo bajo el sol, por lo demás. Hace casi 90 años el filósofo Samuel Ramos escribió que “el mexicano necesita convencerse que los otros son inferiores a él. No admite, por tanto, superioridad ninguna y no conoce la veneración, el respeto y la disciplina. Es ingenioso para desvalorar al prójimo hasta el aniquilamiento” (El perfil del hombre y la cultura en México, FCE, 1934).

Y tampoco es un modelo exclusivo de nuestro país. Son tiempos de desafección y falta de compromiso. Desánimo ante las perspectivas laborales. Erosión de la meritocracia, falta de fe en ella. La gente percibe que el esfuerzo, la educación y la valía profesional pesan menos que el origen familiar o los contactos.

En su libro “Edificio España” (Espasa, 2022), Javier Ruiz expone que “los países con menor movilidad social son los que han experimentado un mayor aumento del populismo”. Ahí “los líderes populistas han triunfado en las urnas porque conectan con gente que siente que no se les ha dado una oportunidad justa para triunfar y que sus voces políticas han sido burladas o ignoradas”. Aunque todo queda en discursos que no buscan soluciones a los problemas, sino culpables.

Cortita y al pie

No se trata de negar lo evidente: en México existen condiciones estructurales, socioeconómicas y hasta de pigmentocracia (éxito y fracaso en función del color de piel) que perpetúan la desigualdad y la discriminación. No hay igualdad de oportunidades ni piso parejo. El “Informe Movilidad Social en México”, publicado en 2019 por el Centro de Estudios Espinoza Yglesias (CEEY), demuestra lo anterior.

Sin embargo es revelador que a 10 meses de la sucesión presidencial el obradorismo ya no venda esperanza para los próximos seis años, sino victimismo colectivo. No se trata de una resignificación del concepto; es más bien claudicación. Atrás quedó el eslogan ‘rayito de esperanza’ de la campaña en 2006, o ‘la esperanza de México’ de 2018. Incluso en el inter, luego de la elección de 2012, Obrador publicó el libro “No decir adiós a la esperanza”.

Hoy, en cambio, ofrece mezquindad y ruindad como el camino a seguir para “profundizar la transformación”. Fuera máscaras.

La última y nos vamos

En La política de la fe y la política del escepticismo (FCE, 1998), Michael Oakeshott afirma que gobernar no tiene como propósito la perfección humana ni la verdad, y no busca, en ningún momento, la gracia de la belleza. “La misión del Gobierno es apenas disminuir los conflictos humanos ya que siempre estamos amenazados por la decadencia”.

Cinco años después, ni eso tenemos. En cambio hay un régimen esquizoide, de chabacanería y charlatanería que ahora también amenaza la cultura del esfuerzo.

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