Internacional
Por
Grupo Zócalo
Publicado el martes, 3 de febrero del 2026 a las 21:37
Mineápolis.- El pastor Sergio Amezcua aún recuerda la llamada con la que comenzó uno de los episodios más duros que ha enfrentado su comunidad. Un joven migrante acababa de lanzarse desde un tercer piso al descubrir que agentes de inmigración recorrían el edificio donde vivía, en Mineápolis.
“Pregunté dónde estaba, cómo se encontraba, qué podíamos hacer”, relata Amezcua, de 46 años, en conversación telefónica. Minutos después supo que el muchacho había sobrevivido, aunque herido. La razón del salto fue el miedo. “Estaba lavando su ropa y, cuando escuchó ruido en el pasillo, rompió la ventana y se tiró para escapar”.
El joven caminó cerca de un kilómetro hasta que vecinos le dieron refugio. “Iba descalzo, sin camisa, en shorts y con temperaturas bajo cero. Tocaba puertas llorando”, cuenta el pastor, líder de la iglesia evangélica Dios Habla Hoy.
Desde diciembre pasado, cuando el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) intensificó las redadas en Minnesota, las llamadas no han parado. “Recibimos casos distintos todos los días”, afirma Amezcua.
Uno de ellos quedó grabado en video y se volvió viral: una mujer, con su bebé en brazos, se arrodilló frente a agentes de ICE para suplicar que no se llevaran a su esposo. En otro episodio, un hombre pasó cuatro horas escondido en una construcción, soportando el frío extremo, para evitar ser detenido.
“Nos llaman para buscar familiares arrestados, para conseguir abogados, para pedir comida, leche, pañales. Muchas veces, para pagar la renta”, explica. “Están cazando a gente común cuando sale a tirar la basura. Lo que se vive aquí es muy feo”.
El clima de temor se enmarca en una ofensiva migratoria a escala nacional. En diciembre, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) informó que más de 2,5 millones de migrantes irregulares abandonaron Estados Unidos en 2025; 605.000 fueron deportados bajo el gobierno del presidente Donald Trump.
Aunque Minnesota alberga menos del 1% de los cerca de 14 millones de migrantes indocumentados del país, fue elegida como epicentro de la Operación Metro Surge, que desplegó más de 2.000 agentes federales en Mineápolis desde diciembre.
La decisión llegó tras escándalos de presunto fraude con fondos públicos, vinculados a miembros de la comunidad somalí. La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, anunció entonces investigaciones “puerta a puerta”.
La reacción no tardó. Las protestas crecieron después de que agentes federales mataran a tiros a Renee Good (7 de enero) y Alex Pretti (24 de enero), ambos ciudadanos estadounidenses, durante operativos relacionados con detenciones de migrantes.
La indignación se profundizó con la imagen de Liam Conejo Ramos, un niño de cinco años, detenido junto a su padre frente a su casa el 20 de enero. “¿Por qué detienen a un niño?”, cuestionó la superintendente escolar Zena Stenvik. Días después, ambos fueron liberados y regresaron a Mineápolis.
Más allá del debate político, el impacto es cotidiano. “El 80% de los feligreses ya no se congrega por miedo”, dice Amezcua. “Hay ciudadanos, residentes legales, de todo. Han arrestado ciudadanos y la gente no quiere que sus hijos vivan ese trauma”.
El temor incluso se cuela en su hogar. “Cuando llega un paquete de Amazon y el repartidor viene cubierto por el frío, mis hijas piensan que es ICE”, confiesa. “El trauma es colectivo”.
Ante el repliegue de las familias, la iglesia activó una operación humanitaria sin precedentes. “Estamos apoyando a más de 100.000 personas, repartiendo entre 175 y 200 toneladas de comida a la semana”, asegura el pastor.
Los víveres —financiados por feligreses, bancos de alimentos y fundaciones— incluyen frutas, verduras, tortillas, harina, leche, pañales y fórmula. Unos 4.000 voluntarios participan en la distribución, bajo protocolos estrictos de seguridad. “Si ven que ICE los sigue, regresan y no entregan la comida”.
El desafío ahora es logístico: un camión y una bodega para almacenar donaciones. “Hay mucha ayuda y no tenemos dónde ponerla”.
Mientras tanto, muchas familias evitan el supermercado, la escuela y hasta el hospital. “No preguntamos por documentos”, concluye Amezcua. “Al que pide ayuda, se le ayuda”.
El joven que se lanzó del tercer piso sobrevivió. Se recupera. Pero su historia, como tantas otras, quedó como un retrato crudo del miedo que hoy recorre las calles de Mineápolis.
Con información de BBC.
Notas Relacionadas
Hace 23 minutos
Hace 35 minutos
Hace 38 minutos
Más sobre esta sección Más en Internacional
Hace 39 minutos
Hace 1 hora
Hace 1 hora
Hace 2 horas
Hace 3 horas
Hace 3 horas
Hace 3 horas
Hace 3 horas
Hace 3 horas
Hace 4 horas
Hace 6 horas
Hace 9 horas