Saltillo|Monclova|Piedras Negras|Acuña|Carbonífera|TorreónEdición Impresa
El INE fija topes de gasto para diputaciones federales rumbo a 2027 Lluvias afectan zona norte de Coahuila; causan cierre de vados y avenidas Binance sufre hackeo y congela más de 2 mil 500 millones de dólares para evitar robos Condenan a 28 años de prisión a exentrenador de taekwondo en Nuevo León por abusos contra una menor Contratista ‘favorito’ del INE puso mansión y departamento de lujo a los hijos de Taddei

Zócalo

|

     

Opinión

|

Información

< Opinión

 

Nacional

Mensaje sangriento

Por Columnista Invitado

Hace 5 años

Dista mucho de ser normal o aceptable, y mucho menos explicable, algo como el artero asesinato del exgobernador de Jalisco, Aristóteles Sandoval, en lo que resulta ser un crimen peliculesco en el que a simple vista se percibe una gigantesca red de complicidades y el dominio territorial absoluto del cártel responsable.

Poco o nada importa si el Gobernador fue bueno o malo, crímenes como el acontecido no deben suceder en naciones civilizadas como supuestamente es la nuestra.

Vale aquí, como en todo crimen, la máxima de que si un solo ciudadano es vulnerable, entonces todos lo somos.

Con sangre el crimen organizado lanzó su mensaje no solo a la sociedad jalisciense, sino a todo México.

Y este mensaje es: “Gozamos de poder y de impunidad, podemos hacer lo que nos dé la gana”.

Si ustedes analizan, estimados amigos, todas las cosas que sucedieron en torno al crimen, coincidirán con nosotros con que el tamaño del problema en Jalisco es considerable y que el actual Gobernador, sucesor y amigo del finado, Enrique Alfaro, se enfrenta a un gigantesco riesgo, pero también darse cuenta en su intimidad de que no puede confiar en literalmente nadie.

Los asesinos debieron vencer una cantidad considerable de escollos para lograr su sangrienta consigna y con el éxito de su nefasta misión muestran claramente su poderío en Jalisco.

Primero tuvieron que poseer información cercana y fidedigna de los movimientos del exgobernador y de sus planes e itinerarios.

Pues este no fue un crimen impulsivo, sino una operación bien planeada y ejecutada con mortífera eficacia.

Esto puede sugerir una traición interna, o bien una infiltración total de su intimidad, pues el crimen tiene toda la finta de una emboscada.

Además, el exgobernador Sandoval traía escolta, esto es guaruras, varios de ellos incluso se encontraban dentro del restaurante.

La cantidad de sicarios necesarios para “neutralizar” a la escolta de la víctima y simultáneamente asesinarlo debió ser considerable.

Logrado el objetivo, luego viene la parte más inverosímil: que la escena del crimen haya sido “sanitizada” antes de la llegada de las fuerzas del orden (esto último es un decir).

No se requiere un doctorado en criminología para saber que la escena de un crimen es intocable, pues las pistas que se recaban en ella son invaluables para la investigación, peritaje y acumulación de pruebas, por lo cual nada se debe tocar y menos remover.

Si acaso el personal del restaurante lo hizo, casi seguramente fue por orden y amenaza de los criminales.
Y si ellos (los criminales) lo hicieron, entonces significa que sabían que “la ley” no llegaría mientras ellos “terminaban” su trabajo. Ergo, gozaban de “protección oficial”.

Como haya sido, apunta este crimen y sus circunstancias a una cadena concatenada de complicidades –voluntarias o forzadas– enorme y por lo mismo harto preocupante.

Crímenes tan escandalosos como el referido realmente deben considerarse como actos de terrorismo, pues su intención es precisamente atemorizar a la ciudadanía, por supuesto, pero muy especialmente a los servidores públicos, esto es, a los responsables de la justicia y a sus jefes.

Hagamos memoria: en nuestro México han sido asesinados un candidato presidencial, un cardenal, docenas de alcaldes y exalcaldes, y ahora un
exgobernador.

Pese a las promesas de varios gobiernos sexenales de erradicar la violencia, somos testigos los ciudadanos de que esta no se ha controlado, sino que sigue campeando a lo largo y ancho de nuestro país, sin que le hagan mella exhortos, súplicas, extradiciones o detenciones.

Tristemente está instalado en nuestro México un sistema de justicia inoperante, que no castiga ni proporciona escarmiento alguno a los criminales.

La impunidad no va en descenso, va en incremento, y mientras esto sea así, jamás podremos tener paz, pues la impunidad es la madre de la delincuencia extrema, y un Gobierno federal que se cruza de brazos y dice, “le toca al Estado investigar”, es el padre incestuoso de la misma.

Más sobre esta sección Más en Nacional

Hace 5 horas

El constructor

Hace 5 horas

CDMX, ganadora de la F1

Hace 5 horas

Maledicencia artificial