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Por Columnista Invitado

Hace 5 años

Diciembre resultó un mes doloroso, intenso, duro; quizá el mayor dentro del amargo trazo de la enfermedad que fastidió el 2020. Los contagios crecieron en un entorno de agotamiento social, médico y político; con las angustias económicas que aprisionan en la temporada que más se vende, se gasta y se consume.

El freno no fue suficiente y la evaluación que se ha hecho en Palacio Nacional entre la cúpula militar, las autoridades de salud, los jerarcas de la Ciudad de México y la Presidencia de la República el pasado sábado 26 ha puesto sobre la mesa la cuesta de enero. Lo que se incubó en diciembre y reventará en el arranque de 2021.

La que se refiere a la crisis económica familiar y social y a la durísima resaca de la pandemia. Las aglomeraciones callejeras, las reuniones que no pudieron evitarse, las celebraciones consumadas, los retornos vacacionales de los centros turísticos; el repunte de contagios en los lugares visitados y en los puntos de retorno. El contagio de los que llegan a los que se cuidaron, de los que no pudieron parar a los que estaban encerrados. El Valle de México con su 90% de ocupación hospitalaria puede tener un enero estrujante.

México está dentro de un puñado de países que comienzan a vacunar, pero tras ese logro el Gobierno no transmite confianza de que logrará la hazaña de la inmunización masiva. Tiene maltrechas sus fuerzas y necesita auxilio de sectores de la comunidad privada y social para sacar adelante la tarea. No da cuenta clara de aceptar la colaboración social.

Ahora las vacunas son motivo de disputa cuando deberían ser inyecciones de esperanza. Los piquetes son de propaganda o de fanatismo. Todavía no se aplicaba la primera dosis cuando ya había spot proselitista de Morena dando gracias al señor por las ampolletas recibidas. Los cargamentos no han llegado pero ya se acusa monopolio y estatismo. 

Es necesaria la desinfección en el ambiente en esta dramática tercera ola. No será Año Nuevo sino el retorno al Viejo. 

La paranoia revienta. Las peores lecciones del 20 van que vuelan para amanecer en el 21. La eterna desconfianza, la estigmatización, la burla y la hoguera pública se enquistan para dificultar, erradicar el diálogo.

En las redes sociales se amplifica la paranoia y la descalificación y violencia simbólica. Y se emparentan los que dicen que el Covid no existe con aquellos que proclaman que las vacunas las almacenan porque las van a mezclar con propaganda comunista antes de inyectarlas. Según la histeria de las redes muchos mandaron a sus mamás a vacunarse a un supermercado en Estados Unidos porque allá sí se puede adquirir la vacuna mientras en México las monopoliza el Estado porque las va a canjear por la credencial de elector.

Es tan insensato hacer propaganda partidista con la vacuna como campaña opositora con el engaño de su disponibilidad.

La tercera ola debe tener un acompañamiento social e institucional del personal de salud que renueva su fe en la batalla, en su profesión, en la ciencia y en el compromiso con la sociedad. Si algún sector resintió este año la paranoia social y la infección inoculada desde las redes fue el de la salud. Las mentiras, la demagogia, las descalificaciones, las falsas noticias y los falsos remedios complicaron de más el quehacer de los especialistas. Bastante contribuyó esa infección con repletar hospitales; la desinformación también enferma.

Para ellos, médicas-médicos, enfermeras-enfermeros, todo el personal administrativo y de intendencias de hospitales, camilleros, recepcionistas, para todos, debe ser el homenaje y el reconocimiento en el 2020. Saben que cumplen con su obligación y están orgullosos de ello. El Gobierno y sus propagandistas deberían comportarse igual que los soldados de esa batalla, humildes, anónimos e infatigables. Y la comunidad debería ser solidaria con los que están en ese frente.
 
Ático

Apoyar la vacunación, reconocer al personal de salud, sanear la infección de la paranoia, propósitos del 21.

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