Arte
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Grupo Zócalo
Publicado el sábado, 24 de enero del 2026 a las 04:05
Valdemar Ayala Gándara | Saltillo, Coah.- Dança de la muerte y odisea de absorción, relato fílmico multisensorial, de conexiones-homenaje que están ahí y se celebran (si digo Mad Max, digo La Diligencia, digo El Salario del Miedo, Fata Morgana y también It’s All Gone, Pete Tong y Freaks como fuente de casting, playera y emblema).
Un periplo en los confines del África desértica, que afirma la inacabable eficacia del esquema de peripecias: sin amarras, progresa la búsqueda-aventura de una nueva fiesta trance, tal vez la definitiva, mas también se vertebra el intento de hallar a una hija de quien no se han tenido noticias desde hace cinco meses, que deviene, a su vez, hermana extraviada de un chaval y presente sólo en fotos (en alto contraste, Sergi López estupendo otra vez, aquí como padre buscador, más lejos que nunca de su Capitán Vidal en El Laberinto del Fauno).
A través de paisajes que son escenarios inhóspitos, en los linderos de la geopolítica de la guerra en el África septentrional y sus tormentas de arena y sus campos sembrados de muerte, los anhelantes exploradores avanzan buscando satisfacer sus finalidades últimas, aun a riesgo del desfallecimiento debido al calor extremo y la asfixiante sed… Destino dramático que se reserva para todos aquellos que retan al destino y los parajes agrestes donde los seres humanos apenas son puntos suspensivos en medio de despeñaderos, planicies y dunas…
Pocas veces el cine ha sido sonido a este nivel -–M. El Vampiro de Düsseldorf, Apocalipsis Ahora, como célebres ejemplos–; deslumbramiento acústico por medio de frecuencias altas, medias y bajas; capas de sensaciones máximas con ingredientes mínimos que se sabe hacer lucir a detalle, producto de un diseño sonoro impresionante -a cargo de Laia Casanovas, con música de Kangding Ray, que se percibe sobre la piel hasta el interior del cuerpo espectador y con aprovechamiento del tórax como caja de resonancia, casi inhibiendo la racionalización de los hechos contados con dosificada progresión –logro de un guion que se hilvana con brillantez y que sabe reservar sus momentos disruptivos de lacerante violencia–, pautando con poderosos beats el todo en el que se sumergen los espectadores, bajo el encanto de una experiencia dramática de magnetismo radical y seductor.
Imperdible filme que da la oportunidad de experimentar fenomenológicamente un fragmento espectral y ficcional del mundo real, con personajes fascinantes que representan cabalmente tanto a la Europa mediterránea y multilingüe como a las singularidades de los especímenes propios de la cultura rave: de radicalismo versado en el consumo de sustancias, de exploraciones interiores con inspiración fuera de Occidente, de camaradería con base en el hedonismo pero también en la vivencia colectiva y la supervivencia comunal ajena al materialismo consumista, y de reflejo de la desexualización del área de baile a través del gozo en plena libertad (rindiendo tributo a los orígenes heroicos e ilegales del movimiento raver a fines de los años 80).
Sirat, en suma, mola en serio, y es un filme imperdible, de los más estimulantes de los últimos años, fruto del respaldo de El Deseo –la confiable productora de los hermanos Almodóvar– y del pulso seguro de un narrador intenso, el francoespañol
Óliver Laxe (coguionista con Santiago Fillol), quien se afirma como uno de los cineastas más interesantes del cambiante e inquietante mundo de hoy.
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