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Telegrafistas de clave Morse, en peligro de extinción

  Por Notimex

Publicado el lunes, 15 de febrero del 2010 a las 02:55


Desde hace 67 años celebran su día el 14 de febrero.

México.- Crecieron en el mundo cifrado de la clave Morse. A pesar de que los años les han dejado pasos lentos, nieve en el cabello, arrugas en la piel y se consideren en peligro de extinción, escuchar un mensaje en el telégrafo los hace revivir su vida como telegrafistas y radiotelegrafistas.

Este domingo 14 de febrero ellos no celebran el amor y la amistad, festejan su día, el Día del Telegrafista, instaurado desde 1933 como reconocimiento a los trabajadores que ese año recurrieron a un paro nacional para defender su trabajo, recordó Melitón Ancona, quien cada año convoca a los operadores de la Central de Telégrafos en la ciudad de México a celebrar.

Los antiguos telegrafistas, quienes pasaban seis horas frente a un escritorio escuchando o enviando mensajes de amor, políticos, financieros, con noticias malas y buenas, familiares o de negocios cifrados en puntos y rayas, recordarán este día sus bromas juveniles durante su jornada laboral y sus recreos de 15 minutos o más.

A través de su historia, el hombre ha utilizado diversas formas de comunicarse: humo, tambores, reflejos de luz e incluso espejos.

Sin embargo, en el siglo XIX Samuel Morse revolucionó el mundo de la comunicación con el telégrafo, que consistía en enviar mensajes cifrados a largas distancias a través de un cable.

Su nombre proviene del latín “tele”, lejos, y “graphos”, escribir; el primer mensaje con ese método se envió en 1844 desde el Capitolio, en Washington, a Baltimore, con el texto: “What hath God wrought?” (¿Qué nos ha traído Dios?)

Este invento, cuyo uso se propagó por el mundo durante décadas, se convirtió en parte medular de las naciones.

La clave de puntos y rayas que se traducían en sonidos llegó a México en 1850 gracias a Juan de la Granja, un español que realiza la primera demostración el 13 de noviembre de ese año entre Palacio Nacional y el Colegio de Minería.

Poco después se instaló la primera línea de la ciudad de México a Nopalucan, Puebla.

El principio del siglo XX no se concibe sin las manos de los telegrafistas, quienes enviaban y recibían mensajes públicos y privados, de guerra o de paz, desde cualquier lugar a donde llegara el ferrocarril.

Primero por cable y después por aire, los telegrafistas jugaron un papel importante en la historia. La Revolución Mexicana ocupó los casi 50 mil kilómetros de líneas instaladas y 379 oficinas telegráficas; los líderes tenían un telégrafo de planta.

Así, la clave Morse fue base en el servicio de telegrafía por muchas décadas y de la comunicación de México hasta 1992, cuando en presencia del presidente Carlos Salinas se envió el último telegrama a Nopalucan, Puebla.

El oficio de telegrafista se convirtió en una de las opciones para destacar y desarrollarse y gracias a esa actividad muchos tuvieron la oportunidad de viajar, forjar amistades duraderas, costear una carrera profesional, enamorarse y formar una familia.

Para Carmelita Terán escuchar el sonido del telégrafo es recordar cuando empezó a trabajar de telegrafista y era debido ganarse un lugar, peleándose “por una línea”, porque no todos eran aptos para esto, había que batallar. Los buenos eran “espadas”, los malos eran “tapia”.

Luego de confesar que aún guarda su telégrafo, aseguró que en la Central de Telégrafo vivió toda una vida; “era una convivencia de familia, de amigos” y hasta la fecha sueña que está en la oficina rodeada de sus compañeros.

“El amor nacía dentro del sistema Morse”, porque comunicaba a las familias por medio de mensajes de afecto e incluso a hombres y mujeres de toda la República Mexicana que aun sin conocerse personalmente, hacían crecer relaciones interpersonales.

“Sin conocernos en persona, por medio del sonido, por medio de los puntos y rayas nos empezamos a preguntarnos cómo te llamas, cuántos años tienes, cómo es tu vida, vienes a estudiar”, e iniciaban los noviazgos o las amistades, señaló.

Doña Margarita recordó que su padre fue quien eligió su oficio y por ello en un inicio no lo vio “con buenos ojos”, pero “cuando empecé a contactar y descubrir que había forma de comunicarse con otras personas, ya le fui agarrando el amor al telégrafo”.

Una de las pocas mujeres que dominaron la clave Morse, guarda buenos recuerdos de su oficio, como los mensajes de algunos de sus pretendientes, pero no tiene duda en decir que lo más difícil de transmitir por el telégrafo eran los mensajes de la Presidencia, “eran hojas, hojas y hojas, y uno tenía ganas de aventarlos”.

Con la emoción de ver y escuchar un telégrafo, la cual se refleja en el brillo de sus ojos, Melitón Ancona evocó a su vez que “en los buenos tiempos” en la Central de Telégrafos, ubicada en Tacuba 8, hoy el Museo de Nacional de Arte (Munal) y donde se encuentra el Museo del Telégrafo, había cuatro mil telegrafistas.

A sus más de 70 años, Ancona está orgulloso de su oficio y reveló que muchos de sus compañeros concluyeron una carrera profesional -ingeniería, leyes, arquitectura- y otros destacaron en otros espacios, como el cantante Juan Arvizu o el escritor Renato Leduc.

En sus tiempos de adolescente en Champotón, Campeche, de donde es originario, para avanzar sólo se podía ser maestro, ingresar al correo, a la oficina del timbre, a Hacienda o al telégrafo, por lo que decidió tomar clases particulares por las que pagaba al mes 20 pesos y para 1950 obtuvo su aparato para practicar.

“El telégrafo era el único sistema de comunicación que existía” por ello la importancia de que se mantuviera operando, y cuando había huelga el Ejército se acuartelaba para obligarnos a trabajar”, relata; “cada operador tenía un soldado con rifle y nos exigían actividad”.

Con la llegada de los sistemas automáticos el suo del que fuera el más importante aparato de comunicación en el mundo fue disminuyendo su uso.

La experiencia que le quedó por haber sido telegrafista fue compartir la mesa de trabajo con sus compañeros, cumplir con los principios de su oficio como el “sigilo telegráfico” –la prohibición a comentar fuera del trabajo los mensajes que se transmitían-, y tener el espíritu de competencia, porque cada año se realizaba el concurso del telegrafista más rápido.

“Creo que sin querer, el que planeó el Día del amor y la amistad pensó en nosotros. Nosotros encajamos en esto, por ser telegrafistas, por el amor y la felicidad”, reveló el telegrafista que por más de 30 años usó el monograma -combinación de letras asignado a cada telegrafistas con el que se identificaban- IL.

Leopoldo Arias es uno de los que estudió una carrera gracias a su oficio como telegrafista. Lamentó que la tecnología los haya desplazado y confesó que por “cuestión sentimental” no está muy familiarizado con la tecnología, a pesar de ser ingeniero y de tener la necesidad de estar en contacto con las computadoras.

Relató la forma como decidió pertenecer a este grupo: “en Cunduacán, Tabasco, en mi pueblo, era uno peluquero, carpintero o albañil, y yo dije pues voy a ser telegrafista que era a lo más que podía aspirar”.

Hoy Arias asegura que el sistema Morse no ha muerto pues “en mi pueblo está mandando en vivo entre Cunduacán y Villahermosa”, además de que todavía hay “ambulantes telegrafistas”, quienes ocupan los lugares de los que se van de vacaciones.

El telegrafista Abel Muñoz, quien también estudió una carrera y llegó a administrar la Central de Telégrafos, aclaró: “lo que desapareció fue el sistema Morse en la telegrafía. Todavía hay telégrafo, hay menos ahora, pero todavía hay, así que su extinción total todavía no la hemos sentido”.

El experto comentó que antes los mensajes se contaban por kilos y ahora son pocos los que se envían a través de este método, pero confió en pase mucho tiempo antes de que la clave Morse se olvide.

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