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Caso madre asesina: ‘Dejad que los niños vengan a mí’

  Por Leticia Espinoza

Publicado el sábado, 28 de marzo del 2009 a las 15:00


‘Porque están llenos de tu amor y tu sabiduría has querido llamar hacia ti, desde el comienzo de su vidas, a estos niños...’

Saltillo, Coah.- La calma que parecía inundar la capilla donde yacían los restos de Fátima y Saúl, se interrumpió minutos antes de que se los llevaran.

Las hermanas de la abuela materna rompieron en llanto; así fue hasta llegar a la iglesia Jesús Obrero, donde un cúmulo de niños esperaba los sencillos ataúdes blancos que guardarán para siempre el sufrimiento del que fueron presa cuando su madre tomó la decisión de entregarlos a Dios.

La inocencia de los pequeños que ocuparon las primeras filas en la iglesia Jesús Obrero, de la colonia Provivienda, representó un equilibrio entre el dolor y la intriga que invadía a muchos, porque nadie de los presentes alcanzaba a comprender por qué Rocío Hernández arrebató la vida a sus pequeños.

Sin embargo, el ambiente perfumado de flores, que poco a poco se marchitaban, se iluminó con las plegarias y oraciones de las caritas sencillas que oraron por Fátima y Saúl.

Hacia las 12:20 del mediodía el sonido de las campanas se escuchó; un tumulto de gente entró al templo entonando con dolor el coro “entre tus manos está mi vida, señor”.

Adentro, la madrina de la pequeña la esperaba para colocar sobre el ataúd una corona blanca: “Nos llevábamos muy bien, ella veía que teníamos mucho amor por los niños, eso fue hace un año, cuando la bautizamos, todavía los recuerdo sonriendo”, dijo Blanca Ibarra.

“El señor es mi pastor y nada me faltará”, fueron las primeras palabras del Salmo responsorial para que, enseguida, el padre Rodolfo Pachicano Llaca encomendara a Dios la vida de los pequeños: “Porque están llenos de tu amor y tu sabiduría has querido llamar hacia ti, desde el comienzo de sus vidas, a estos niños, Fátima Elizabeth y Saúl Alexander, hijos tuyos por medio del sacramento del Bautismo, concédeles que algún día podamos reunirnos con ellos en tu reino”.

Sin duda, los reunidos en torno a los féretros blancos estaban presenciando uno de los acontecimientos más difíciles para una persona: la muerte de sus seres queridos, la de los más pequeños.

“En este caso la muerte de estos dos niños, a quienes el Señor llamó de este mundo a su presencia, estar aquí es quererle pedir al Señor que haga revelar esos misterios de su reino que él nos está manifestando de distintas maneras…”, dijo el párroco.

Ee ellos es el
reino de los cielos El evangelio dio cuenta de cómo los papás acercaban a Jesús a los niños para que los bendijera, y cuando los apóstoles empezaron a retírarlos dijo Jesús: “…te doy gracias señor porque tus misterios nos han sido revelados a los sabios y entendidos, sino a los sencillos y niños… dejen que los niños vengan a mí, porque de los que tiene el corazón como ellos es el reino de los cielos”, recordó el sacerdote.

“Para estos pequeños ha llegado el momento de abrazar a Cristo nuestro Señor, porque nos dice la misma escritura: “Pensaron los malvados que la muerte del hombre justo es una desilusión”, pero no es así, los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará ningún tormento; porque la alegría que ellos pueden contemplar, al contemplar cara a cara Dios, es el principio de una la felicidad mayor a la que podemos llevar aquí entre nosotros”, dijo a los presentes.

Luego, decenas de niños y mayores se reunieron en torno de los cuerpos de Saúl y Fátima y rezaron el Padre Nuestro y el Dios te salve, y unidos en una sola oración se despidieron de esas almas inocentes mientras que sobre sus cuerpos caían gotas de agua bendita.

Ante la inquietud de los niños, que portaban un globo y una flor, Pachicano dijo que esto significaba una muestra de amistad, necesaria para ir adelante en el camino de la vida.

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