Muchos años antes de aquella etapa violenta que vivió la ciudad, pues, aunque usted no lo crea, toda ella y todo el estado fueron asiento del crimen organizado; en aquel aciago año de 2008, la comunidad era apacible y sólo se estremecía esporádicamente con algunos sucesos —nada igualables a los crímenes— y gente muerta colgada sobre los puentes.
Esto me lleva a recordar una anécdota que quiero compartir con usted. Casi al finalizar la década de los años 50, ya existía una pista de aterrizaje en el ahora “internacional” Aeropuerto Plan de Guadalupe en el municipio de Ramos Arizpe. Ahí podrían aterrizar pequeños aviones transportando cosas de poco peso.
El periodista Armando Tapia y González, quien era amigo de Antonio Campos junior, hijo de un señor que se encargaba de la custodia de valores para el Banco de Coahuila, fue testigo de un hecho sobresaliente que marcó la gran seguridad de nuestra tierra en aquel entonces. Era tal confianza que tenía en su hijo y la seguridad que prevalecía en aquella época en Saltillo, que el señor Campos no utilizaba arma alguna, y que cuando se metía a los bajos del hotel y banco de Coahuila, se “picaba” en el juego del dominó, de tal suerte que enviaba a su chamaco, de unos 18 años, en el automóvil que utilizaba para tal actividad, por un gran costal de lona al Aeropuerto Plan de Guadalupe.
— Que te acompañe Tapia
Y ahí van los dos jóvenes. Recogían el enorme costal de lona y lo entregaban al Banco de Coahuila. Dice Armando que delante de ellos se contabilizaba en el sótano del banco el contenido de la gran bolsa. ¡Exactamente, un millón de pesos!
El bello edificio del banco y hotel de Coahuila se localizaba en la confluencia de las calles de Allende, Victoria, Juárez y Morelos, ahí donde ahora está el actual BBVA de Bancomer.
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